Gwyneth, la primera en llegar
La primera en llegar, grávida y bella, preñadísima de siete meses cumplidos, la actriz más grande del momento, sonriente, dulce, feliz, felizmente habitada, llega envuelta en un poncho oscuro, pálida y hermosa, bajo la lluvia.
—¿Llegó Rosario?
—No, pero está llegando.
La puntualidad inglesa, por supuesto. El ejército de estilistas, el equipo de peluqueros se van poniendo a las órdenes de Isabel Ottino y Blanca Unzueta que toda la mañana han estado recogiendo en un blindado lo mejor de la cosecha de la moda los mejores modistos en Londres. Vestidos, zapatos, sedas, linos, la apoteosis del buen gusto. Después llega Rosario, tan española como siempre. La Nadal —a la que uno ha visto crecer en la distancia —,esposa del príncipe Kyril de Bulgaria, hijo, a su vez, de un Rey que por su pueblo se convirtió en Jefe de Gobierno de su República, tan elegante, tan española. Es la que más luce en las noches rutilantes de Londres, en las fiestas sociales, en las reuniones de moda sin ser modelo. Pero siempre está donde debe estar, nunca donde no debe. Es hermoso saber que una española manda en una «corte de los sentidos »,como es Londres. Viene de trapillo, de vaqueros, pero se va a vestir a modo, a su gusto. Se van extendiendo las hileras de zapatos por el suelo de las «suites » del primer piso donde, por ejemplo, hace unos días, pocos, hizo una sesión de fotos, exclusivísima, Victoria Beckham. Salen y entran japoneses silenciosos, ricos jóvenes americanos de mochila de oro, músicos vestidos de negro que se asombran, príncipes árabes de Armani. Jesús Carrero, a cada cual lo suyo —ésta es al fin la historia de una foto, la epopeya de un retrato irrepetible —,va abriendo los paraguas mágicos de las luces, eligiendo rincones, despejando sombras. Iluminando y apagando. Muros de cal minimalistas, a veces un rincón como de Kioto. Arriba, después de besarse en la mejillas, a mí se me es permitido tocar con la punta de los dedos, siquiera levemente, el botón del ombligo henchido de Gwyneth Paltrow. Más o menos el tacto sobre la seda como el nacimiento de un nenúfar.

’Tengo un lugar para hacerme una casa en Talavera’
—¿Es cierto que va a llevar a su hijo o a su hija, cuando tenga la edad suficiente, a Talavera de la Reina?
—Oh, sí, claro que sí. Ese es un buen lugar muy querido por mí, y siempre recordado para estudiar y para crecer. Tengo un lugar para hacerme una casa.
—¿Y qué va a ser, niño o niña?
—No lo sabemos. Ni su padre ni yo queremos saberlo. Lo que deba ser será bienvenido.

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