Alcanzar la cima a los 81 años

Lluís Garrofé culmina su pico de más de 3.000 metros número 162

Rosa M. Bosch


A las 3.30 de la madrugada Lluís Garrofé ya estaba en pie, listo para subir a su coche y encarrilar más de 150 kilómetros desde el pueblecito leridano de Tartareu, cerca de Balaguer, hasta el hospital de Benasque por sinuosas carreteras. Allí le esperaban decenas de amigos excursionistas para subir el Tuc de Mulleres, de 3.011,8 metros. Con esta cima, Garrofé, a punto de cumplir los 81 años, culminaba el pasado sábado su tresmil número 162 y completaba así la lista de picos de más de 3.000 metros de altura del Pirineo elaborada por Feliu Izard.


Sin barritas energéticas ni bebidas isotónicas, con unas buenas botas y con sus dos bastones, Garrofé emprende la marcha pasadas las 7.30 horas, desde la Besurta, a un ritmo alegre y junto a una de sus nietas, Irina, de quince años. "Coroné mi primer tresmil, el Cilindro de Marboré, en 1991, pero sin el propósito de subirlos todos, lo que queríamos era entrenarnos para ascender ese verano el Montblanc", recuerda Garrofé, tras dar los primeros pasos en el Mulleres. Garrofé y su compañero en todas las salidas a los tresmiles, Jaume Brescó, se propusieron ir tachando picos hasta finalizar el catálogo de Izard, en 1996, cuando el primero ya había cumplido los 65 años. Ambos habían coincidido como maestros en el colegio Gaspar de Portolà de Balaguer, donde organizaron las primeras salidas a la montaña.

La clave, confiesa Garrofé, está en saber modular el ritmo, dosificarse. Siguiendo esta premisa el pasado día 16 acabó la exigente travesía Matagalls-Montserrat, de casi 85 kilómetros, en poco más de 20 horas. "Apunto todos los detalles de cada salida; cuándo empiezo, cuándo acabo, el tiempo que empleo en subir una cima... Este año he dedicado 305 horas a andar por la montaña", explica mientras repone fuerzas comiendo un bocadillo de jamón. "Nunca tomo suplementos, como mucho, me guardo un par de sobres de azúcar del café y me los tomo cuando tengo un bajón, eso me da energía. No soy de medicamentos, sólo fui al médico cuando tuve un ataque de piedras en el riñón... Pero para eso lo que hago es beber mucha agua. Mi clave para estar en forma es comer poco, quedar siempre con un poquito de hambre, y nunca he fumado", resume Garrofé, que el próximo 16 de octubre celebrará su 81 aniversario.

Siempre al lado de Irina, para quien el Mulleres es su primer tresmil, sigue ascendiendo por terreno pedregoso, con vistas al Aneto y a su cada vez más pequeño glaciar. El sol surge con intensidad y se protege con una visera que también le cubre el cogote. Para de vez en cuando, sorbe agua y reparte saludos a los amigos que le acompañan. "Sumar años no me ha supuesto ninguna limitación física, lo único que hay que asumir es que se tiene que ir más lento. Hay personas que al jubilarse se apalancan. Yo creo que hay que fijarse objetivos; andar, pero sin agotarse, es un medicamento para la salud".

¿Pero no ha tenido ningún achaque? ¿Nada de nada?
Bueno, tengo los meniscos rotos, pero no me duelen. Y claro, hay que esforzarse. Esta mañana, a las 3.30, no me hubiera levantado, pero en esa lucha entre el cuerpo, que dice "quédate en la cama", y la mente ha vencido la segunda.

Un niño adelanta veloz al veterano caminante. Va a toda pastilla y su padre corre detrás de él. Oriol Català, del Centre Excursionista de Lleida, sólo tiene ocho años, pero el Mulleres ya

es su cuarto tresmil. Al pequeño le sobra energía y todavía no ha aprendido qué es eso de modular el esfuerzo que pregona el maestro Garrofé. Algún exalumno de sus clases de matemáticas y de ciencias naturales de Balaguer también le acompaña en el ascenso.

Pero la mayoría de los picos los ha conquistado en petit comité, junto a su colega Jaume Brescó, de 61 años. Y a la hora de enfrentarse a aquellas montañas con más complicaciones técnicas ha contado con la ayuda de experimentados escaladores, como su exalumno David Gensana, mosso d'esquadra especializado en rescates en alta montaña.

"Este verano hemos subido siete picos, el de hoy es de los más fáciles, pero el penúltimo, el Dedo del Perdido, fue el más difícil. La cordada fue muy larga y la roca se descomponía, caían piedras... Impresiona porque la pared es muy vertical, pero al hacerlo con David Gensana no pasé miedo porque me daba mucha seguridad".

Ya queda menos para llegar arriba y el grupo que le acompaña discute sobre las diferentes listas de tresmiles del Pirineo que circulan. La mayoría da por buena la de su compañero del Centre Excursionista de Lleida, el citado Feliu Izard, y resta importancia al catálogo propuesto en 1990 por Juan Buyse, el que suele tomarse como referencia con sus 212 picos. De hecho, tras la publicación del libro de este último, Los tresmiles del Pirineo, emergieron los coleccionistas de tresmiles, montañeros que empezaron a perseguir el objetivo de coronarlos todos.

Con una sonrisa de oreja a oreja y sin prisas, Garrofé alcanza la cima del Mulleres pasadas las doce de la mañana. Es la número 162, pero promete que habrá más cumbres y más travesías. Allí arriba, en medio del formidable paisaje del macizo Maladeta-Aneto, la pareja Garrofé-Brescó recibe de manos de la última persona que coronó los citados tresmiles, Carles Giné, el piolet que supuestamente perteneció a Juli Soler, considerado uno de los impulsores del excursionismo de alta montaña en Catalunya.

Felicitaciones, fotos. Los más jóvenes devoran barritas energéticas y otros alimentos que prometen alto rendimiento. Un austero Garrofé saborea su bocadillo de atún y algo de fruta y recuerda ese día que encadenó ocho tresmiles o el verano de 1997, cuando coronó 24. También concluyó la Transpirenaica y los 800 kilómetros del camino de Santiago desde San Juan Pie de Puerto.

Se toma su tiempo para disfrutar de la cumbre antes de emprender el descenso a un ritmo más pausado, no quiere dejar atrás a una joven a la que le duelen los pies y que anda cansinamente. "En la montaña -dice- no puedes dejar nunca a nadie tirado, hay que ayudar a los que se quedan atrás".


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