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En coche por la costa de Croacia

Desde Zagreb hasta Dubrovnik se puede trazar una ruta que va descubriendo los secretos mejor guardados del Viejo Continente: calas de aguas turquesa que se cuelan por su costa dentada, ciudades medievales de calles marmóreas, aldeas de pescadores e islas que emergen como vergeles sobre el Adriático.

by NOELIA FERREIRO

Más que sus hermosos paisajes tocados por la magia marinera, más que sus bellas poblaciones de piedra por las que asoma la historia, más incluso que su puzzle desbaratado de 1.185 islas, lo que vuelve irresistible a Croacia es su identidad compleja. Un modo de entender la vida cálido y a la vez reservado, a medio camino entre la austeridad austrohúngara que le llega del norte y la pasión italiana que se filtra por la gastronomía y el carácter de sus gentes.

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Desde Zagreb hasta Dubrovnik, a lo largo de su bello litoral, emprendemos una ruta en coche, que es como mejor se aprecia la esencia de este país con forma de boomerang, que, tras demasiadas décadas de letargo, hoy es uno de los destinos de moda más punteros. 

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DE LA CAPITAL A LA PENÍNSULA DE ISTRIA
Zagreb
es una de las puertas de entrada al país y un buen punto de partida para esta ruta por carretera. Una ciudad bonita y agradable que, en su parte baja, exhibe majestuosos edificios, mientras que en su parte alta hace gala de un elegante estilo europeo con restaurantes chic y modernas boutiques. También es una ciudad que se mueve en la calle: desde primera hora de la mañana en el colorido mercado Dolac; a la hora del aperitivo en la plaza de Preradovic; o, en la tarde, en la famosa calle Tkalciceva, donde se agolpan los cafés y las terrazas. 

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Pero conviene dejar a un lado el encanto urbano y lanzarse a explorar las maravillas naturales. Para eso está la codiciada Istria, a la que se llega por autopista desde la capital. Una península con forma de corazón, cuya cercanía a Italia se hace sentir tanto en la costa, con animadas poblaciones; como en el interior, plagado de olivos y viñas. No hay que perderse los maravillosos frescos bizantinos de Porec, el encantador puerto pesquero de Rovinj y la magia de Pula, con sus sugerentes ruinas romanas y su agitada vida nocturna.

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CIUDADES DE PIEDRA
Comienza entonces, de norte a sur, la ruta por la Costa Dálmata, esa franja enmarañada en la que se alternan calas rocosas con pequeñas ciudades medievales y acantilados abruptos con tranquilos pueblecitos de pescadores. Zadar puede ser una bonita primera escala, con su gran oferta de museos e iglesias. Como ella, también la irresistible Trogir luce un casco medieval con huellas románicas y renacentistas, en el que el puerto da paso a un laberinto de calles empinadas.

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Pero si hay una parada imprescindible en este trayecto, esta es Split, elevada sobre un promontorio donde se esconden, tapizadas de pinares, las mejores playas de la zona. Split es un palacio convertido en ciudad. Literalmente. Es el Palacio de Diocleciano al que con el tiempo se fueron adosando viviendas e incorporando elementos urbanos. Y resulta de lo más agradable, tanto como su moderno paseo marítimo plagado de terracitas, que es un escaparate para la gente guapa.

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ISLAS PRECIOSAS
Split también es el punto desde el que saltar a algunas de las islas que la protegen del mar abierto. Una opción estupenda puesto que se puede llevar el coche en el propio ferry para recorrerlas después en libertad. Hay muchas y muy variadas, pero recomendamos encarecidamente Hvar, alargada y ondulante, verde y soleada -alardea de recibir del astro muchas más horas que ninguna- con una irreprochable belleza natural: bosques mediterráneos de pinos, olivos y cipreses, campos de lavanda, calas de color esmeralda… a lo que se une un exquisito centro histórico y una incombustible marcha que le ha dado el apodo de la Ibiza del Adriático

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También Korcula merece una visita porque en esta hermosa isla late la más auténtica tradición dálmata. Célebre por el aceite de oliva y por un vino dulce elaborado con la uva grk, sus ceremonias ancestrales, su música, sus bailes… no han logrado empañarse con el turismo. También vale la pena, claro, porque su costa escarpada está ribeteada de pequeñas y solitarias playas con unos fondos maravillosos.

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BROCHE DE ORO
Así, regresando de nuevo a tierra firme, llegamos a Dubrovnik. No puede haber mejor guinda para este viaje. La calle principal, Stradun Placa, toda de mármol, que conduce hasta la Torre del Reloj en una fantástica fusión del comercio, el ocio y la fe, pasa por ser una de las más bonitas de Europa. Pero además están las callejuelas estrechas que la cortan con sus plantas sobre la escalera y su ropa tendida; la Ulica Zudioska o judería, la iglesia de San Blas, el Palacio Sponza…

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Dubrovnik, que logró recuperarse de aquel brutal bombardeo de 1991 que consternó al mundo entero, es sencillamente una ciudad magnética en la que hay que perderse sin rumbo. Eso sí, nada resulta más romántico que dar un paseo al atardecer desde lo alto de sus murallas.

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