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Santiago de Compostela, en 10 imprescindibles muy curiosos

Es imposible que una ciudad que han visitado cientos de millones de personas desde la Edad Media guarde todavía algún secreto. Pero sí que tiene sus misterios y sus curiosidades: piedras que se vuelven de cobre al atardecer, campanas que suenan 13 veces a medianoche, universitarios que se especializan en el París-Dakar y peregrinos que comen todos los días por la patilla en el lujoso parador.

by Andrés Campos

COBRE PARECE, GRANITO ES
Santiago de Compostela no está precisamente cerca (salvo que vivamos en A Coruña, claro), pero el viajero ha de intentar llegar, como sea, antes de que anochezca, para ver cómo el último sol hace de cobre la catedral y los edificios históricos que la arropan. Incluso ahora que la fachada del Obradorio está llena de andamios, sigue siendo un instante hechicero y una foto necesaria. El mejor lugar para contemplar esto es el parque de la Alameda, que además, en invierno y hasta bien entrada la primavera, rebosa de camelias, esa flor que llegó del Lejano Oriente y ahora es más gallega que la gaita.

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LA CIUDAD, A VISTA DE CAMPANERO 
El último campanero de la catedral de Santiago se llamaba Ricardo Fandiño Lage. Hasta 1962 vivió con su mujer, sus tres hijos y sus gallinas (e incluso, dicen, con algún cerdo) en el tejado del templo, a 40 metros sobre el suelo. Y completaba su raquítico sueldo (180 pesetas) haciendo de sastre para los curas. La de este Quasimodo compostelano es una buena historia para escuchar mientras subimos por los estrechos peldaños de la torre de la Carraca y, una vez en las cubiertas de la catedral, observamos la ciudad a vista de pájaro… O de campanero. (Reservas en catedraldesantiago.es).

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UNA CATEDRAL GASTRONÓMICA
En Santiago hay una segunda catedral, que, para muchos, es la primera: el Mercado de Abastos. En sus naves de piedra, semejantes a capillas románicas, no hace falta usar botafumeiro, porque huele mejor que en el Cielo: a marisco fresco de las rías, a ternera gallega, a pimientos de Padrón, a bacallau, a carne salgada, a queso... Compras en cualquier puesto unas navajas o unas nécoras y en Mariscomanía (mariscomania.com) te las cocinan por 5 euros. Tampoco es mala idea probar la cocina sin nevera de Abastos 2.0 (abastosdouspuntocero.es), hecha con lo mejor que hay en el mercado cada día.

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EL TRIPLE MORTAL DE LAS ESCALERAS
En el antiguo convento de San Domingos, hoy Museo do Pobo Galego (museodopobo.es), hay una alucinante escalera de caracol de triple hélice que diseñó Domingo de Andrade a finales del siglo XVII. Es el triple mortal de las escaleras, que hace que hasta la de Bramante, en el Vaticano, parezca sencilla. En un mismo hueco tiene tres rampas distintas, de modo que tres personas pueden subir y bajar por ellas sin cruzarse en ningún momento. Al lado del museo hay otra arquitectura vanguardista, pero del siglo XX: el Centro Galego de Arte Contemporánea (cgac.org), obra de Álvaro Siza.

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HACER EL PARÍS-DAKAR
Pese a su nombre, el París-Dakar santiagués nada tiene que ver con un rally, ni con correr tragando polvo por un desierto. Mide solo 200 metros, discurre casi íntegramente por la Rua do Franco y consiste en irse tomando una taza de ribeiro (o, para variar, de albariño) en todos los bares del itinerario (unos 30), desde el París (C/ Bautizados, 11) hasta el Dakar (C/Franco, 13). Evidentemente, es un invento de los guasones universitarios compostelanos. Y también evidentemente, nadie en sus cabales hace la ruta completa, ni se toma los vinos a secas, sin amortiguarlos con sus correspondientes tapas.

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MISTERIOS PARA NOCTÁMBULOS
Si ya no tenemos edad ni cuerpo para hacer un rally de ribeiros, podemos dar un paseo nocturno alrededor de la catedral. Veremos la plaza del Obradoiro sin multitudes, a la luz ambarina de las farolas, y escucharemos cómo resuenan los pasos bajo el arco del Pazo de Gelmírez. Nos sentaremos junto a la fuente rumorosa de la plaza de las Platerías. Descubriremos al peregrino-fantasma de la Quintana (en realidad, la sombra de una columna). Y temblaremos al sentir las 13 campanadas que, de tarde en tarde, por ignotas y metafísicas razones, da a medianoche la campana Berenguela de la catedral.

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COMER GRATIS EN EL PARADOR
Aunque hoy es un hotel de lujo, el Hostal de los Reyes Católicos (paradores.es) no ha olvidado que fue hospital de peregrinos y da de comer gratis todos los días a diez de ellos, los primeros que sellan la Compostela en la Oficina del Peregrino (oficinadelperegrino.com). Otra opción para comer, no de balde, pero a buen precio, es picotear en la Rua do Franco y calles aledañas. En O 42 (C/ Franco, 42) tiene justa fama el pulpo. En Abellá (C/ Franco, 30), el cocodrilo, que no es otra cosa que carne de cerdo con patatas fritas. Y en Orella (C/ Raiña, 21), la orella (oreja), sazonada con pimentón picante al gusto.

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LA TORRE DE PISA COMPOSTELANA
La torre de las Campanas de la catedral está inclinada 40 centímetros. Pero eso es algo inapreciable, nada comparado con lo que le ocurre a la colegiata románica de Santa María de Sar, cuyas columnas se inclinan visiblemente hacia las naves laterales, dando la sensación de que va a venirse abajo el templo en cualquier momento. Para evitarlo, en los siglos XVII y XVIII se le añadieron unos enormes arbotantes, que hacen que parezca un gigantesco centollo. Ojo también al claustro: es el único románico de la ciudad y en él trabajó el taller del maestro Mateo. Está a 15 minutos (a pie) del centro.

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AMAR U ODIAR LA CIUDADE DA CULTURA
Para unos, es el más ambicioso proyecto cultural y arquitectónico que se ha planteado nunca en Galicia. Para otros, un monumento al despilfarro público. El caso es que, indiferente, no deja a nadie la Cidade da Cultura, obra del neoyorquino Peter Eisenman, cuya cara más atractiva (o repelente, según se mire) es la fachada del Museo Centro Gaiás, con sus casi 43 metros de altura y más de 16.000 metros de superficie. Para entender algo y no sucumbir a la melancolía recorriendo por libre este complejo enorme y desolado, existen visitas guiadas gratuitas. (Más información en cidadedacultura.gal).

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CAMINO DE PONTE MACEIRA
El Camino de Santiago acaba, como su nombre indica, en Compostela, pero hay peregrinos que se envician y lo alargan tres etapas más, hasta Finisterre, donde ya no hay más tierra que andar ni más excusas para no volver a casa. Vale la pena hacer la primera etapa de esta ruta jacobea extended, solo por visitar Ponte Maceira, que es un pueblecito de cuento medieval, con su capilla de San Brais, su pazo de Baladrón, sus molinos, sus hórreos, sus palomares y su puente de cinco arcos sobre el río Tambre. Dista 17 kilómetros (cuatro horas a pie) de Santiago. (Más información en xacobeo.es).

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