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Marruecos para principiantes, lo imprescindible y lo más práctico

Tan cercano en la distancia pero tan remoto en el paisaje cultural y humano, viajar a este país del norte de África supone entrar en un mundo de irresistible exotismo. Un mundo de olores, sabores y estímulos apasionantes para la vista y el oído. Por eso conviene conocer lo imprescindible de su visita y lo más práctico de su experiencia. El resto, dejarse llevar y empaparse de su magia.

by NOELIA FERREIRO

Desde las abigarradas medinas con aroma a especias y cuero curtido hasta las travesías por el desierto a lomos de un dromedario. También las encaladas villas marineras azotadas por el Atlántico y la soledad del Atlas, salpicado de poblados bereberes. A pocos kilómetros de nuestro sofá descansa este cúmulo de imágenes y aventuras. Un mundo fascinante que atrae a poetas, artistas y escritores en busca de su sensualidad. Y aunque el color y el misterio se derrama por todo el territorio, aquí van las visitas imperdonables en un viaje a Marruecos. 

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LAS CIUDADES IMPERIALES
Es el mundo de los zocos, las babuchas y las chilabas. De la vorágine de los vendedores que compiten en mostrar su producto y del agotador y obligatorio rito del regateo. Las cuatro ciudades imperiales pueden ser un buen arranque para este primer contacto con África y el mundo islámico. De todas destaca Marrakech, la más enérgica y atractiva (también la más turística), abrochada por murallas de adobe que le han valido el título de la ciudad roja. Muchos son sus puntos de interés, como los baños árabes; el barrio judío o mellah, los jardines al estilo de las Mil y una noches o los cafés de la Ville Nouvelle. Pero nada como la magia de Jemma el-Fna, especialmente en la noche, cuando se abre el telón y se convierte en el gran teatro del mundo.

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Fez es la más antigua y también (dicen) la más culta. Una urbe con una tortuosa medina, designada Patrimonio de la Humanidad, en la que sobresalen las curtidurías donde se produce una de las pieles con mayor calidad del mundo. Meknes (o Mequínez) refleja la herencia de la que antaño fue el centro del sultanato marroquí, bautizada como el Versalles africano. Y Rabat, capital administrativa del país, ofrece el perfil de una ciudad moderna, con elegantes calles de inspiración francesa y algunos hitos como la Kasba de los Oudaias o la Torre de Hassan.

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LA COSTA ATLÁNTICA
El litoral marroquí no solo merece la pena por sus exquisitos pueblos en azul y blanco sino también (y sobre todo) por sus playas, ideales para la práctica del surf. Es este aire marinero, con la estampa diaria de los pescadores reparando sus redes, el que otorga un encanto especial a esta ruta que comienza en Tánger y que no debe olvidar Asilah, un delicioso pueblo bohemio en el que, cada verano, se celebran festivales culturales. Después hay que hacer escala en Casablanca, con su mezcla de rascacielos y art decò, tal vez algo mitificada por la película de Humphrey Bogart. Y pasada Oualidia detenerse en Essaouira, la meca del windsurf, que es una auténtica maravilla. Un laberinto impecable de callejuelas y artesanos con una importante actividad pesquera y parrillas al aire libre donde degustar un marisco fresquísimo.

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LAS MONTAÑAS DEL ATLAS
La cordillera más alta del norte de África atraviesa Marruecos en diagonal y alcanza su techo en el Toubkal (4.167 metros). Es el rostro más desconocido del país y, sin embargo, uno de los más fascinantes. Encajado entre el mar y la arena, esta porción del territorio despliega un impresionante paisaje rojo con picos escarpados, hondos cañones y valles verdes como auténticos oasis. Es también el hogar de los bereberes que viven como en el principio de los tiempos en pequeñas aldeas de barro que cuelgan de la pendiente. No hay que perderse las gargantas que rodean el Irhil M’Goun; el Valle del Dadés, apodado ‘de las mil kasbas’ por su profusión de fortalezas mimetizadas con la tierra; y el espectacular Desfiladero del Todra, una enorme falla con un río de aguas cristalinas y una altura de 300 metros.

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EL SÁHARA INMENSO
Ningún viaje a Marruecos quedaría completo sin esta toma de contacto con el mayor desierto del mundo. Desde Zagora, la puerta a este océano de arena, cualquier excursión resultará fantástica. Las dunas de Tinfou, el oasis de Iriki o la excursión en camello hasta Merzouga, donde está el famoso Erg Chebbi, una enorme extensión de dunas móviles que cambian de color, del rosa al dorado o del amarillo al rojo según la hora del día. Dormir en una jaima bajo millones de estrellas y contemplar el amanecer entre la soledad y el silencio es una de las experiencias que han de hacerse al menos una vez en la vida. 

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DATOS PRÁCTICOS

CÓMO LLEGAR
Marruecos se encuentra a pocos kilómetros del sur de España, con lo que existen múltiples maneras de acceder al país. La más rápida es por aire. Muchas son las compañías (Ryanair, Vueling, Royal Air Maroc…) que ofrecen vuelos directos desde diversas ciudades españolas a destinos como Tánger, Casablanca, Rabat, Marrakech o Fez. Los trayectos rondan las dos horas. También se puede llegar por mar a Tánger desde Algeciras con diferentes navieras (Grimaldi Lines, FRS, Transmediterránea, Grand Navi Veloci, Balearia…). En barcos rápidos se tarda unos 60 minutos y en ferrys convencionales 90 minutos.

CUÁNDO IR
La estación más agradable para explorar Marruecos es la primavera (que aquí suele ser muy temprana) cuando las temperaturas son más agradables. También el otoño resulta recomendable cuando ya ha pasado lo más fuerte del calor estival. En invierno el frío puede ser elevado pero solo en el Alto Atlas. 

DIFERENCIA HORARIA
En Marruecos hay una hora menos que en España.

MONEDA
La moneda oficial marroquí es el dirham (MAD). Un euro equivale aproximadamente a 11 dirhams.

VACUNAS
No existen vacunas obligatorias para viajar a Marruecos, aunque se recomienda tener vigentes las de la fiebre tifoidea, hepatitis A y B y tétanos-difteria.

Comienza tu viaje por Marruecos aquí:

48 horas en Marrakech.

Una noche bajo las estrellas en las dunas del Sáhara.

Un viaje ‘entre costuras’ por Tánger y Tetuán.

El desierto de Marruecos, Ouarzazate y Aït Ben Haddou.

El laberinto de Fez.

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