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Escapada para dos a la Ruta Romántica alemana

Pasear por frondosos parques, visitar castillos históricos, empaparse del fasto palaciego o, simplemente, pasear por encantadoras ciudades que conservan el esplendor de antaño. Llega San Valentín y toca volverse almibarados, convertirse en caballeros y princesas, vivir el amor en el itinerario más idílico del país teutón.

by NOELIA FERREIRO

Son casi 400 kilómetros que encierran toda una lección de historia, cultura y hospitalidad. Pero que, sobre todo, suponen un empacho de belleza. Desde el paisaje de viñedos de Wurzburgo, en la Franconia; hasta los pies de los Alpes, en Baviera, donde se esconden los excéntricos castillos de Luis II, conocido como el ‘Rey Loco’. Hablamos de la Ruta Romántica alemana, acaso llamada así por reunir todos los clichés de este concepto que viene tan al caso en el mes de febrero. Escenarios de cuentos de hadas, ecos de amores apasionados y paisajes que oscilan entre las montañas cuajadas de senderos recónditos y los pueblos medievales que parecen atrapados en el tiempo. Una ruta que en su día trazaba el trasiego comercial y que hoy resulta un imán para los turistas, con casi dos millones de visitantes al año.

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Y es que su diversidad da para mucho: iglesias, catedrales, fortalezas, conventos… Todo en un entorno de vides que devuelven vinos de fama mundial, praderas donde pastan las vacas a la orilla de aguas cristalinas y ciudades donde resuena la música a gran escala. ¿No resulta todo esto tremendamente romántico?

CÓMO SE HACE LA RUTA
La fascinación por el arte y la historia y el deseo de verse trasladado a otra época del pasado son los dos alicientes para dejarse guiar por este itinerario que está completamente organizado y que conecta el centro con el sur de Alemania. La Ruta Romántica se puede hacer en coche, en bicicleta o incluso a pie, que también está pensada para los amantes del deporte y los espacios abiertos.

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La aventura da comienzo en el valle del río Meno, una región vitivinícola cuyos caldos conquistaron a Goethe. Allí, en Wurzburgo, la colorida capital de la Franconia, el primer reclamo será La Residencia, inscrita en el Patrimonio de la Unesco. Un impresionante palacio barroco, considerado el más extraordinario de Alemania, que fue diseñado por Balthasar Neumann, el arquitecto de la corte.

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Será el primer atractivo romántico, pero de ningún modo el último. Porque enseguida aparecerán indiscutibles joyas como Rothenburg ob der Tauber, probablemente la ciudad más visitada de la ruta. Se trata de un entramado medieval digno de una postal: fortificado, con fachadas de colores, callejuelas en forma de pasadizos y viejas cervecerías donde se despachan tanques cubiertos de espuma.

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PARADAS
Dinkelsbühl, a un corto trayecto, es otra ciudad medieval perfectamente conservada, en la que hay una bonita iglesia gótica y en la que, además, se puede caminar por sus murallas con 18 torres. Y completamente imprescindible es asimismo Nördlingen, el encantador pueblo que se emplaza dentro del cráter de un meteorito que cayó hace 15 millones de años. Sí, como si se tratara de un cuento. Aunque para cuento está su bello conjunto de casas con tejados rojizos y esos simpáticos guardianes que, desde hace un puñado de siglos, custodian a la población.

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Otra buena pausa es Harburg, una localidad pegada a un castillo descomunal y salpicada de puentes de piedra. Y Augsburgo, una de las ciudades más antiguas de Alemania, donde se puede rastrear el legado que dejaron los romanos y aquel otro que, tiempo después, cederían los comerciantes ricos de la Edad Media. También aquí, por cierto, se puede disfrutar de una sabrosa gastronomía en sus pintorescas tabernas.

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Después llegará la región de Pfaffenwinkel, ya en Baviera, famosa por sus paisajes vírgenes y sus magníficas iglesias. Como la iglesia de peregrinación Wieskirche (“Iglesia en la Pradera”), que constituye una visita obligada. Se encuentra en Steingaden y es una obra maestra de estilo rococó, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

COLORÍN COLORADO
Entramos entonces en la recta final, ya en pleno paisaje alpino. Y en busca del monumento que encarna la noción misma de romanticismo, sale al paso Schwangau, un delicioso pueblo cobijado entre montañas y coronado por Hohenschwangau, que sirve de anticipo a la visión del castillo por excelencia de todos los castillos. Nos referimos a Neuschwanstein, en las inmediaciones de Füssen, donde tiene su fin la ruta.

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Un broche de oro perfecto, teniendo en cuenta que ningún escenario resultaría más propio para ilustrar una aventura amorosa. Y también porque su historia es puro romanticismo. Neuschwanstein nació en la imaginación de Luis II de Baviera, el ‘Rey Loco’, como un propósito atípico: la idealización de un castillo medieval en el que las torres y los muros armonizaran con las montañas y los lagos. Sin fin estratégico alguno, solo como una guarida donde el monarca pudiera retirarse en su propio mundo poético.

MUY PRÁCTICO

La ruta comienza en Wurzburgo a algo menos de una hora y media en coche desde Frankfurt donde llegan vuelos a diario con conexión directa desde España desde unos 90€ con diferentes compañías. Una vez en Franckfurt lo mejor es alquilar un coche para llegar a Wuzburgo (puede hacerse en el propio aeropuerto). Lo ideal es dedicar el menos una semana en recorrer la ruta.

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