Nueve paradas inexcusables de Madrid a Sevilla

El viaje de una capital a otra por la A-4 podría hacerse casi de un tirón, como mucho con un descanso, pero si se quiere alargar la ruta, en el camino hay un puñado de motivos para detenerse.


A1

Aranjuez
A los reyes siempre les gustó pasar la primavera en Aranjuez, acompañados por el rumor del Tajo crecido. Sobre una vega famosa por sus fresas y sus espárragos, el Real Sitio atesora innúmeras maravillas naturales y artísticas, pero ninguna que haga sombra al Palacio Real, que data de tiempos de Carlos III. Además de los jardines del Parterre, La Isla o el del Príncipe, un paseo por Aranjuez debe incluir el museo de Falúas, que guarda las elegantes barcas utilizadas por los reyes para solazarse en el río; y la casa del Labrador, palacete de Carlos IV y María Luisa de Parma. A solo 1 kilómetro de la ciudad queda el Mar de Ontígola, un antiguo embalse para recreo de reyes que hoy es refugio de aves acuáticas, con senda ecológica y observatorio en la orilla. 

 

A2

Plaza Mayor de Tembleque
Es una de las más hermosas de Castilla. Sus galerías de madera y los soportales sostenidos por columnas y capiteles desde tiempo inmemorial han hecho de esta ágora un espacio de absoluto encanto. La plaza está envuelta por la leyenda, aquí se celebraron festejos taurinos, comedias y celebraciones sociales, pero también juicios sumarísimos. Saliendo de ella, y entre las casas blancas del barrio viejo, se descubre la iglesia parroquial, la barroca Casa de las Torres y una profusa decoración de cruces de malta, recuerdo del paso de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén. 

 

A3

Consuega
De todos los pueblos manchegos ligados a la leyenda cervantina, Consuegra es uno de los preferidos para hacer parada. Y es que ya desde la lejanía sorprende a la vista por la silueta de su castillo árabe y su impresionante crestería de molinos de viento alineados sobre el cerro Calderico, esos a los que Don Quijote confundió con gigantes y que hoy evocan la inmortal novela de Miguel de Cervantes: Clavileño, Espartero, Rucio…, algunos de los cuales son visitables. Abajo, Consuegra, la antigua Consabura romana, un pueblo típicamente manchego, de paredes blancas, grandes portones, casas civiles rematadas en lo alto por escudos nobiliarios, encierra lugares de interés como la ermita del Cristo, el Palacio del Gran Prior o la tumba de Diego, el hijo del Cid Campeador.


Desfiladero de Despeñaperros
Este paisaje pétreode Jaén de extrañas formas que enlaza las llanuras manchegas con el valle del Guadalquivir es un verdadero capricho de la Geología. Un eje natural cicatrizado por las aguas de un río por el que discurre la autovía de Andalucía y que sirve de refugio a especies como el buitre leonado y el águila real. Tres puntos de interés: el mirador de los Órganos, el más conocido del desfiladero, donde se contemplan gigantescos riscos de cuarcita en forma de tubo que asemejan un órgano; la cascada del Fraile, en una de las márgenes descendentes de la autovía de Andalucía, y el Centro de Visitantes Puerta de Andalucía, en la entrada de la localidad de Santa Elena, que invita a descubrir los valores que poseen los espacios naturales de Andalucía. Y para ponerle un acento histórico, en los alrededores de Santa Elena, en el paraje conocido como Mesa del Rey, tuvo lugar la batalla de las Navas de Tolosa

A5

Castillo de Baños de la Encina
En su mocedad el castillo de Bury Al-Hamma fue blanco; blanco como la nieve y la leche. Cuesta creerlo ahora, contemplándolo desde la distancia, con ese aire pardo y arenoso que identifica a toda fortaleza árabe. Los alarifes cubrieron murallas y torreones con cal viva, dibujando sobre ella motivos vegetales y geométricos. Cuentan las crónicas que los arquitectos de la época no se complicaron la vida a la hora de construirlo. Mandaron levantar la fortaleza con tabiyya, una extraña mezcla de arcilla, arena, cal y piedras de río. Con materiales tan aparentemente endebles este castillo lleva sobre sus espaldas más de mil años de historia; todo un milagro. El castillo es como un gran barco varado en la montaña. Desde sus almenas, apenas heridas por el paso de los siglos, se divisan los campos olivareros del alto Guadalquivir y los cerros de Sierra Morena, con el embalse del Rumblar a sus pies.

Andújar
Al pie del Parque Natural de la Sierra de Andújar, la primera de las grandes ciudades a orillas del Guadalquivir tiene en el monumental puente de origen romano que une sus dos orillas su mejor carta de presentación. Aunque su mayor esplendor lo alcanzó bajo el dominio musulmán, ser una de las poblaciones más ricas e influyentes de Jaén durante el siglo XVI dejó en ella un interesante conjunto de murallas, iglesias y palacios que hoy engrandecen su casco antiguo. La iglesia de Santa María, que preside una de las plazas con mayor encanto de la localidad, donde se levanta también la múdejar Torre del Reloj; el Museo Arqueológico de Andújar, que ocupa el Palacio de los Niños de don Gome, una de las mansiones y casas solariegas más nobles, y la rica escenografía arquitectónica que reúne la plaza de España, el eje principal de la ciudad, dan buena muestra de su poderío.

 A5


Montoro
Está al lado de la autovía, sin embargo es necesario coronar un puñado de cerros para admirar el blanco caserío de Montoro, rodeado de olivares y serrezuelas de mediana altura y abrazado por el río Guadalquivir, lo que le ha valido el apodo de la ‘Toledo andaluza’. Sus casas, tintadas de un característico color rojizo cárdeno, toman asiento en calles de pronunciadas pendientes y se abren a plazoletas pequeñas decoradas con arriates, fuentes y cruces de guía. El puente del Guadalquivir es el emblema de Montoro y une la villa con uno de sus barrios típicos, el de Retamar. Sobre sus aguas se alzan casas escalonadas, iglesias, palacios y colinas que trepan hacia Sierra Morena. 

A6

Écija
A orillas del río Genil, Écija es la ciudad de las torres. Resulta fascinante la variedad de formas de estas 'giraldillas' que sobresalen sobre su barroco caserío, demostración palpable de la versatilidad del barroco. Las más esbeltas y admiradas son las de San Juan, con sus brillos de azulejos, y San Gil, coloreada por el ladrillo rojizo. La de Santiago se distingue por su blancura, y la de Santa María es la que más de cerca se inspira en la Giralda sevillana, junto a otras como las de Santa Cruz, Santa Ana, o “las gemelas” de la Concepción. Estas torres fueron levantados a lo largo del siglo XVIII, al igual que buena parte de las casonas y los palacios que decoran las calles principales que rodean la plaza de España, epicentro de vida diaria de la ciudad sevillana.

Carmona
Recostada sobre un alcor desde el que se divisa la mansa campiña sevillana, Carmona ha presumido a lo largo de los tiempos de poseer insignes cronistas y pintores que han glosado sus excelencias. Los viajeros románticos del XIX la eligieron como paradigma de los mejores pueblos del sur, y los cineastas de hoy pugnan por rodar sus películas entre las calles serpenteantes, las plazas señoriales y las casonas solariegas de la localidad. Sus méritos le han valido estar incluida en dos rutas turísticas: la Bética Romana y la de Washington Irving, aquel diplomático estadounidense que a finales del XIX hizo de Andalucía su casa y su inspiración. Carmona posee muchas puertas, pero ninguna tan deslumbrante como el alcázar de la Puerta de Sevilla. La pequeña fortaleza, que separa la ciudad vieja de la ciudad nueva, es el mejor resumen histórico de la villa. Desde sus torreones se distinguen los numerosos campanarios de la ciudad, las espadañas de los palacios, las azoteas blancas y los barrios populares que suben y bajan hasta aquellos parajes alejados del centro que sirvieron a los patricios romanos como suntuosos lugares de enterramiento.

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