Unos días en París siguiendo el rastro de la encantadora Amélie


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La frase comercial del estreno en 2001 fue “Ella cambiará tu vida”. Y al menos, en lo que al turismo se refiere, no andaba desencaminada. La colorida postal del barrio de Montmartre, coronada por la basílica del Sacré Coeur y repleta de pintores callejeros y cabarets, incluye desde entonces los rincones en los que Amélie Poulain dejó su rastro de bondad e inocencia. El más visitado es el establecimiento donde trabaja la protagonista, el Café Deux Moulins, en el número 15 de la rue Lepic, muy cerca de la casa donde vivió Van Gogh, en el 54 de la misma calle. Todo está como en la película, excepto el puesto de tabaco y, claro, el puñado de personajes extravagantes objeto de los milagros cotidianos de Amélie. Una vez aquí, lo más recomendable es pedir una crème brueleé, rebautizada con su nombre, y romper su costra de caramelo con una cucharilla, como le gustaba hacer a la heroína de este cuento moderno.

Para sumergir la mano en un saco de legumbres, otro de los pasatiempos preferidos de la “vengadora del bien”, como ella misma se proclama, solo hay que andar unos trescientos metros hasta el puesto de verduras Au Marche de la Butte. En él no estará el orondo señor Collignon de la película burlándose de su empleado, pero el propietario de verdad, mucho más simpático, tiene unos cuantos recuerdos, fotos y postales de Amélie, que vivía en la misma calle, rue des Trois Frères.

A pocos metros de la alegre verdulería se encuentra la plaza de Abbesses, uno de los rincones más románticos de Montmartre. En un pequeño jardín se esconde Le mur des je t'aime, una obra mural firmada por Frédéric Baron y Claire Kito en la que se ha escrito “te quiero” en más de trescientos idiomas.

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Con el corazón tocado por Cupido, la ruta que sigue a la romántica empedernida debe continuar bajo tierra, donde transcurren muchas de las escenas del filme, ya que su enamorado se dedica a coleccionar fotos sacadas en los fotomatones del suburbano. A dos paradas de la estación de Abbesses, con las clásicas letras art nouveau del metropolitain parisino, se encuentra el canal Saint Martin, al que Amélie tiraba piedras desde uno de sus puentes de hierro. Construido por Napoleón para transportar mercancías, hoy uno de los lugares más apacibles de París para pasear. También en metro se llega a otro de los puentes visitados por Amélie, el des Arts, que une el Instituto de Francia con el Museo del Louvre.

De vuelta a Montmartre hay que bajarse en la estación Lamarck-Caulaincourt, con una bonita escalinata, y acercarse al cercano mercado de la rue Lamarck, cuyos colores, olores y ambiente describe este peculiar ‘ángel de la guarda’ a un ciego. Desde allí se asciende a la basílica del Sacré Coeur para apreciar una de las mejores vistas de París. En el camino queda el museo de Montmartre, en el número 12 de la rue Cortot. Un encantador edificio del siglo XVII que, a partir del siglo XIX, se convirtió en refugio de artistas, entre ellos Renoir, que ubicó aquí su taller.

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Muy cerca, en la plaza Saint Pierre, cientos de turistas acuden en busca del romántico carrusel donde Amélie busca a su estrambótico enamorado. Es casi tan popular como la place du Tertre, donde se concentra un buen número de pintores callejeros que recuerdan que, antes que Amélie, por aquí pasaron Cezanne, Monet, Van Gogh o Picasso.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar
Con compañías como Iberia o Air France desde las principales ciudades españolas, y otras de bajo coste, como Vueling, Easy Jet y Ryanair, que vuela a Beauvais, a 80 kilómetros.

Cuándo ir
Cualquier época es buena para viajar a la capital del arte y el amor, pero quizá en otoño la ciudad tiene un aspecto más romántico.

Cómo moverse
En una ciudad de las dimensiones de París lo mejor es coger el metro. Además, su diseño modernista es un aliciente más para conocerlo.

Dónde dormir
En el corazón de Montmartre se encuentra el Hotel Particulier, un íntimo y exquisito alojamiento de cinco suites ubicado en una casa del siglo XVIII. Para obtener las mejores vistas del barrio que pusieron de moda los pintores impresionistas del XIX, lo mejor es alojarse en Le Meurice, un clásico cinco estrellas desde cuya azotea se ve el Sacré Coeur en todo su esplendor. Más moderno es el Amour, también en Montmartre, un alojamiento original y con inspiración de cabaret que tiene una terraza jardín donde tomar una copa.

Dónde comer
Para rememorar el pasado bohemio de Montmartre, el restaurante Moulin de la Gallet, un antiguo molino de 1600 por donde pasaron Renoir, Toulouse Lautrec o Picasso y que aparece al principio de la película. Otra opción es el célebre Moulin Rouge, que no sale en el filme pero sí en otro del mismo nombre, donde además de cenar se puede ver un espectáculo de cabaret. Fuera de Montmartre, Ze Kitchen Gallerie, frente a la Ille de la Cité, está de moda; su mezcla de cocina asiática y francesa ha sido recompensada con una estrella Michelín. El nuevo restaurante ubicado en lo alto de la torre Eiffel, Le Jules Verne, es todo un lujo para los sentidos. Y no puede ser más romántico.

No dejes de…
Subir a la torre Eiffel, navegar por el Sena en un bateux muche o pasear por su orilla, desde la plaza de la Concorde hasta el Grand Palais, visitar el Museo del Louvre, el Museo D'Orsay y el Centro Pompidou, entrar en Notre Dame, recorrer los Campos Elíseos hasta el arco del Triunfo y, por supuesto, disfrutar del ambiente de Montmartre.

Más información
Turismo de París y Barrio de Montmartre.

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