29 SEPTIEMBRE 2011

Los paisajes que sedujeron a Renoir

Una treintena de reproducciones de obras de Renoir, Monet o Pissarro articulan una ruta campo a través por el denominado “país de los impresionistas”, que junto con Normandía, en el nordeste de Francia, es considerado la cuna de ese movimiento pictórico.


Las pintorescas colinas de Marly-Le-Roi y Louveciennes, o los remansos del Sena a su paso por Chatou y Port-Marly, a 20 kilómetros de París, fueron los lugares predilectos de los impresionistas, cuya impronta en la obra de esos maestros se puede conocer hoy a fondo. Una treintena de reproducciones de obras de Renoir, Monet o Pissarro articulan una ruta campo a través por el denominado país de los impresionistas, que junto con Normandía, en el nordeste de Francia, es considerado la cuna de ese movimiento pictórico, que se centró en los efectos de la luz natural sobre el paisaje.

Para reivindicar la influencia de sus escenarios sobre los precursores del impresionismo, un puñado de localidades francesas, situadas a una veintena de kilómetros de París, ha unido sus fuerzas y exhibe las copias en tamaño real en el mismo lugar en el que los pintores posaron sus caballetes, hace siglo y medio.

El más conocido es, sin duda, El almuerzo de los remeros, del francés Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), que inmortaliza una comida en la terraza de la Maison Fournaise, un restaurante de estilo art déco que aún mantiene el ambiente ocioso que captó la atención del pintor. La reproducción del célebre cuadro, sobre una ribera del río Sena y a escasos metros del establecimiento, supone una suerte de juego de las diferencias, ya que, desde la escena pintada en 1881, apenas han cambiado detalles en la balconada de toldo rayado.

Unos pasos más lejos, otra obra de Renoir invita al mismo viaje al pasado, esta vez al retratar a un corro de domingueros junto a una canoa en el río, en el mismo encuadre en el que ahora se mece el esquife de madera de un restaurador local de botes.

Son dos de los tributos artísticos que recuerdan que los impresionistas frecuentaron la región, en la que encontraban sus temas preferidos y los contrastes de luz que les interesaban, según la directora de la oficina de turismo de la zona, Elisa Barbier. “Lo que les interesaba era la luz. Buscaban un contraste entre las nubes y el agua, por eso venían a la orilla del Sena”, asegura Barbier, quien destaca los reflejos blancos del cielo sobre las aguas del Sena, típicos de las obras de la época.

La directora de turismo divide a los impresionistas que frecuentaban la región según sus intereses: la actividad industrial reinante en los puertos como Port-Marly, en el caso de Alfred Sisley (1839-1899); y las actividades de ocio como la navegación y los bailes de época, en la obra de Renoir o de Claude Monet (1840-1926).

Testigos mudos de las costumbres y avatares de la campiña francesa del siglo XIX, los centenares de obras que se conservan de los paisajes por los que transita la ruta hacen las veces también de registro histórico. Es el caso de acontecimientos imprevistos como el desbordamiento del Sena en 1876, que inspiró a los pintores en largas series de lienzos, entre ellos el conocido Inundación en Port-Marly, de Sisley, cuyo original puede encontrarse en una de las alas del Museo d'Orsay pero reproducido también frente al edificio en el que fue creado.

El recorrido campestre se podría plantear como un juego en el que intervienen otros grandes nombres de la pintura como Berthe Morisot o Camille Pissarro, autor de algunas de las vistas de Louveciennes que se reparten el parisino Museo d'Orsay y la National Gallery de Londres. También los post-impresionistas Maurice Denis, André Derain o Maurice de Vlaminck recuerdan que las riveras del Sena se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX como fuente de inspiración para la pintura.

Pero la oferta cultural de esos municipios vecinos a París no se reduce a la ruta impresionista, puesto que en ellos puede visitarse, entre otras cosas, el parque de Marly que el monarca galo Luis XIV mandó construir para huir del trasiego de Versalles. El castillo de Montecristo, que erigió el escritor Alexandre Dumas en honor a su libro, es otra de las joyas arquitectónicas que ensortijan la región.

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