30 ABRIL 2010

Autismo infantil

Niño pequeño rubio

Última revisión: 2010-04-30

El autismo infantil precoz fue descrito por primera vez hace más de 50 años y se caracteriza por un profundo deterioro de la capacidad del niño para relacionarse con las demás personas, incluyendo a sus propios padres.

Actualmente se considera un trastorno generalizado del desarrollo que se inicia en la infancia y se caracteriza por una desviación y un deterioro cualitativo de los patrones normales de interacción y de relación con otras personas y de los patrones normales de comunicación tanto verbal como no verbal.

¿A quién afecta esta enfermedad?

Afecta aproximadamente a 4 de cada 10.000 niños si se aplican los criterios diagnósticos iniciales, que eran muy estrictos. Los estudios más recientes tienden a considerar que el autismo es mucho más frecuente (en torno al 1-2 % de la población escolar) si se aplican criterios menos rígidos en lo que se ha dado en llamar el espectro autista.

Afecta en mayor medida a los niños varones en una relación de casi tres veces más frecuente que en las niñas. No existe, sin embargo, ninguna prueba o test médico que pueda determinar si una persona tiene o no autismo.

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¿Cuáles son las causas del autismo?

Aunque inicialmente se consideró un trastorno de origen psicológico debido a un trauma, e incluso que pudiera estar inducido o condicionado por los padres, parecen existir pruebas y es aceptado que en realidad su origen es orgánico, aunque de causa desconocida. Se han descubierto alteraciones en las áreas del cerebro implicadas en la comunicación, algunas de ellas debidas a errores en el desarrollo y otras a procesos degenerativos.

Como posibles causantes se han manejado desde el exceso de gluten en la alimentación, algún tipo de virus u otras enfermedades que contrajo la madre durante el embarazo, deficiencias de la vitamina B6 e incluso algunos derivados del mercurio que actuarían sobre un niño con una importante predisposición genética todavía imposible de detectar. No suelen existir antecedentes familiares de este problema.

¿Cómo se puede reconocer este trastorno?

La edad en la que se presenta este trastorno se sitúa en torno a los 15 meses (casi siempre antes de los 30 meses), que es cuando los padres suelen consultar al pediatra porque su hijo presenta un importante retraso a la hora de comenzar a hablar. Cuando el médico pregunta a los padres, éstos suelen decir que a su hijo no le gusta ser abrazado como a los demás niños, que la llamada sonrisa social, es decir, aquella que presentan todos los niños cuando los adultos les hacen alguna gracia o caricia, o bien no existe o apareció tardíamente, y que el niño no echa los brazos pidiendo que le cojan, como hace la mayoría de los niños.

El niño autista se aisla en su mundo y puede pasar horas y horas jugando él solo con sus juguetes favoritos, que prefiere al contacto con otros niños o personas. Suele presentar conductas llamadas rituales, es decir, aquellas que reflejan la necesidad del niño de mantener inalterable su entorno y rutinas compulsivas, como tocar objetos en una secuencia prefijada; la interrupción de estas rutinas puede desencadenar intensos ataques de ira y crisis de agresividad.

El contacto visual con los demás es mínimo o no existe y el niño se muestra indiferente a los intentos de los demás de unirse a sus juegos. Son característicos y llamativos los movimientos de cabeza, el rechinar de dientes, las vueltas sobre sí mismos y los balanceos.

El deterioro en la interacción social de estos niños se caracteriza por indiferencia hacia los demás; el niño no solicita ayuda ante sus problemas o lo hace de forma inadecuada; presenta una dificultad importante para imitar, incapacidad para realizar juegos sociales y asimismo dificultades para hacer amigos.

El deterioro en la comunicación tanto verbal como no verbal se manifiesta porque desde pequeñitos no presentan formas de comunicación habituales como la expresión facial, el balbuceo, etc. No tienen actividad imaginativa y su comunicación no verbal (gestos, expresiones, mímica) es anómala. Presentan graves alteraciones en el habla (en el tono, el ritmo o la entonación) y en el contenido de lo que dicen (uso repetitivo y estereotipado, inversión de los pronombres yo por tú, etc.) Asimismo, presentan incapacidad para mantener una conversación con los demás y si la consiguen es a través de monólogos larguísimos.

Respecto a su repertorio de actividades e intereses, decíamos que presentan movimientos corporales estereotipados, es decir, gestos, fórmulas, expresiones, etc. que se repiten sin variación; tienen una preocupación excesiva y repetitiva por los detalles de algunos objetos; presentan resistencia ante pequeños cambios en el ambiente; gran preocupación en realizar rutinas (por ejemplo, hacer el mismo camino para ir al colegio); y una preocupación excesiva por algún aspecto concreto (sólo se interesa por alinear objetos).

El cociente intelectual con las pruebas psicológicas convencionales corresponde a un nivel funcionalmente retrasado, pero las dificultades en el lenguaje y la sociabilidad hacen difícil estimar con seguridad la capacidad intelectual del niño autista.

Aproximadamente uno de cada cuatro niños presenta crisis convulsivas desde la adolescencia, especialmente aquellos con un cociente intelectual menor de 50.

Del nacimineto a los 30 meses

Desde el nacimiento hasta aproximadamente los 30 meses pueden presentar llanto constante o, por el contrario, ausencia total del mismo. Muchos de estos niños presentan problemas con la alimentación como dificultad para succionar, rechazo de algunos alimentos o, por el contrario, fijación por algunas comidas, etc.

A menudo presentan dificultad para establecer contacto afectivo con la madre rechazando los mimos o no alzando los brazos en petición de cobijo, como antes veíamos. Algunos de estos niños presentan dificultad para controlar los esfínteres y la mayoría presentan demora o mutismo en el desarrollo del habla, hecho característico de esta enfermedad.

De los 30 meses a los 5 años

De los 30 meses a los 5 años se produce retraimiento social, resistencia al cambio más elemental, carencia para imaginar (ni imagina ni le gustan las historietas, etc.), temores específicos (miedo ante algo totalmente inofensivo y normalidad ante un peligro real), conducta social anómala (ni comprende las reglas sociales ni los sentimientos de los demás) y se muestra incapaz de jugar con otros niños.

Respecto a las habilidades, estos niños son capaces de armar o desarmar aparatos mecánicos y les gusta la música y manejar objetos y pueden tener excelente memoria fotográfica.

En cuanto a los sentidos, pueden presentar audición selectiva, es decir, parecen mostrarse sordos para unos sonidos y sensibles a otros. A menudo tienen dificultades para reconocer visualmente los objetos; son insensibles al dolor o, por el contrario, hipersensibles a pequeños estímulos dolorosos. Respecto al sentido del gusto se han observado los dos extremos, desde la indiferencia a la aversión. En cuanto a la motricidad, normalmente les cuesta imitar ejercicios motores.

A partir de los 5 años

A partir de los 5 años se inicia una recuperación, sobre todo en las áreas emocional y social. Los niños se vuelven más sociables y afectivos, con menos resistencias al cambio y poseen un conocimiento más real de los peligros. Es menor la evolución en las áreas motrices y del lenguaje.

A pesar de estos problemas, si el niño recibe una correcta escolarización y ayuda adecuada desde esta edad hasta la adolescencia, conseguirá una evolución positiva, siempre en función de su cociente intelectual y su capacidad lingüística.

¿Cómo se desarrollan estos niños?

Brevemente describiremos los comportamientos más destacados de la mayoría de estos niños a determinadas edades.

¿Qué tratamientos pueden recibir estos niños?

No existe un tratamiento específico para estos niños aunque se han ensayado distintas terapias psicológicas y medicamentos tranquilizantes con éxitos muy limitados.

Es necesario realizar una evaluación detallada de los problemas del niño autista antes de fijar un programa de intervención. Esta evaluación debe ser realizada por un equipo multidisciplinar, formado a ser posible por un psiquiatra infantil, un neurólogo, un pedagogo o psicólogo, el terapeuta, el profesor y un asistente social. Entre ellos deben decidir el nivel de gravedad que presentan las características del niño.

¿Cuál es su pronóstico?

El pronóstico de estos niños es incierto, desalentador, más bien negativo, vinculado a su nivel de lenguaje y su cociente intelectual, aunque la recuperación total parece una meta imposible.

La mayoría terminarán ingresados de por vida en una institución adecuada aunque algunos, especialmente los que han adquirido lenguaje, podrán vivir una vida marginal, autosuficiente aunque aislada.

Se estima que sólo uno de cada seis llega a una adaptación social adecuada, con vida casi independiente y trabajo. Otros se adaptan moderadamente. Dos tercios no podrán vivir independientemente.

Se han intentado tratamientos diseñando el entorno físico y del comportamiento social que mejor se adapte al nivel de desarrollo del enfermo con el objetivo último de lograr la máxima independencia personal y social del individuo.

Dr. Salvador Pertusa Martínez, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria

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