Alice Heine, la primera Princesa de Mónaco americana

Fue la primera mujer estadounidense que se casó con un soberano reinante, pese a ser eclipsada por su compatriota la princesa Gracia

Pocos recuerdan hoy en día a Alice Heine (1858-1925), Princesa de Mónaco gracias a su matrimonio con Alberto I (1848-1922) y la primera mujer estadounidense que casó con un soberano reinante. Eclipsada quizás por su compatriota la princesa Gracia (1929-1982), mito de Hollywood antes de convertirse en la esposa de Rainiero III de Mónaco (1923-2005), la vida de la princesa Alice merece ser recuperada, una vez que fue ella, en gran parte, la responsable de convertir el pequeño principado en un centro cultural y financiero puntero dentro del continente europeo. En estas líneas repasamos su biografía.

Nace Alice Heine el 10 de febrero de 1858 en Nueva Orleans. Su padre, Michael Heine, pertenecía a la poderosa familia de banqueros Heine-Freres, de origen francés. Su madre, Amelie Miltenberg, era la hija de un arquitecto alsaciano responsable de varios edificios de gran relevancia en Nueva Orleans. Los primeros años de vida de la futura princesa transcurren en el mejor de los barrios de la ciudad más importante de Louisiana, disfrutando de la excelente situación económica de su familia. Sin embargo, el estallido de la Guerra de Secesión obliga a la familia a emigrar a Francia. En París será donde la joven Alice, ya convertida en adolescente, comenzará a causar sensación entre lo más granado de la alta sociedad gala. Su gran belleza y, no menos importante en la sociedad decimonónica, el importante patrimonio familiar, que no había hecho más que acrecentarse en sus años de exilio en Francia, convirtió a Alice Heine en el objetivo de no pocos solteros franceses.

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La joven Alice no tardaría en ceder a los deseos de uno de sus pretendientes. Con apenas diecisiete años, el 27 de febrero de 1875, Alice contrae matrimonio con el séptimo Duque de Richelieu, título nobiliario creado en el siglo XVII. El Duque, once años mayor que Alice, no solo formaba parte de una familia de abolengo, sino que además poseía una nada desdeñable fortuna. La pareja tuvo dos hijos: Armando (1875-1952), con el que, al morir sin descendencia, desapareció el Ducado de Richelieu, y Augusta (1879-1974), quien llegaría a ser, por matrimonio, Princesa de La Rochefoucauld. La felicidad de la pareja se vería truncada un 28 de junio de 1880 cuando el Duque fallecía de forma repentina en Atenas. Alice pasaba a convertirse así en una joven y acaudalada viuda. Quizás para intentar superar el dolor de la pérdida de su marido, Alice, después de todo, una veinteañera, asumió a partir de aquel momento un modo de vida opulento y desenfrenado que la llevó a visitar la mayoría de las grandes capitales europeas y a conocer los salones más afamados de la época. En poco tiempo Alice se convirtió en una invitada inexcusable de todas las fiestas y en un renombrado miembro de la sociedad parisiense e internacional.

Sería en uno de los múltiples de viajes de Alice, en este caso concretamente a la Isla de Madeira, cuando conociera al príncipe Alberto de Mónaco. El flechazo fue instantáneo. El Príncipe, que rozaba en aquellos momentos los cuarenta años, era un apuesto caballero, apasionado de los mares y de gran talento militar. Sin embargo, su vida estaba marcada por un primer matrimonio que había terminado en amargo divorcio. En 1869 el Príncipe había casado con Lady Mary Victoria Hamilton (1850-1922), una aristócrata británica que procedía de una de las dinastías escocesas más importantes y era nieta del Gran Duque de Baden Carlos (1786-1818), de fortuna inconmensurable y de múltiples conexiones con diversas familias reinantes en el Viejo Continente. Todas estas credenciales de sangre habían convencido a la abuela del Príncipe, la princesa María Carolina, de la idoneidad de la joven Mary como esposa de su nieto, llevando a cabo las maniobras necesarias para que la boda de ambos jóvenes se produjera el 21 de septiembre de 1869. Pese a que la pareja pronto tuvo un hijo, el príncipe Luis (1870-1949), la relación entre ambos no tardó en hacer aguas, sobre todo por la especial aversión que la joven británica tenía por el clima de Mónaco y por la gastronomía mediterránea. El matrimonio había terminado con la marcha de la Princesa a su Escocia natal –poco después contraería matrimonio en segundas nupcias con un aristócrata húngaro llamado Tassilo Festetics von Tolna (1850-1933) con el que tendría cuatro hijos-, lo que derivó en divorcio y en la posterior anulación eclesiástica del enlace en 1880.

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La atracción que el Príncipe sintió por Alice Heine fue suficiente para exigir a su renuente padre a que aceptara su matrimonio con la estadounidense. Los recelos del Príncipe regente fueron tan grandes –el hecho de que Alice no fuera europea y no estuviera emparentada con ninguna familia real era en su opinión un obstáculo para el matrimonio- que el enlace entre el príncipe Alberto y Alice no se llevó a cabo hasta la muerte del príncipe Carlos III en 1889. Ese mismo año, el 30 de octubre, un mes después de la muerte de su padre y de su investidura como Soberano monegasco, el príncipe Alberto y Alice Heine se decían el "sí, quiero" en París. Cuando los recién casados llegaron a Montecarlo fueron recibidos con gran algarabía por los ciudadanos del Principado, mientras que el Obispo del pequeño estado se felicitó por la llegada de la Princesa, una vez que ésta representaba “la virtud, la castidad y la generosidad”. La Princesa, además, aportaba al matrimonio una dote estimada en seis millones de dólares, una auténtica fortuna para la época, y una colección de joyas sin parangón en muchas Casas Reales de las grandes naciones europeas.

La relación de los Príncipes fue, al menos los primeros años de matrimonio, idílica. La Princesa no era solo la esposa del Soberano, sino que sirvió como sostén indispensable de aquel, mucho más interesado en realizar expediciones por los mares que en la gestión diaria de los asuntos del Principado. La Princesa, mujer decidida, se convirtió en una suerte de primera ministra que logró sanear las cuentas del estado y colocarle en una situación privilegiada desde un punto de vista financiero. Además, a ella se debe el importante desarrollo cultural de Mónaco, convirtiéndolo en uno de los centros más importantes en toda Europa del teatro, la danza y la ópera. Sería precisamente el amor de la Princesa por la música el que llevaría al final de su matrimonio con Alberto I.

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A causa de las largas ausencias de su marido en alta mar –Alberto I está considerado hoy en día como uno de los grandes precursores de la ciencia oceanográfica, realizando a lo largo de su vida varios descubrimientos científicos de gran importancia, como el monte submarino Princesa Alice, en aguas territoriales portuguesas-, la Princesa se volcó en la vida artística del Principado, especialmente la ópera, de la que era una grandísima aficionada. Sería en estos años cuando la princesa Alice conocería al compositor inglés Isidore de Lara (1858-1935), con el que comenzaría una relación muy estrecha, que, según los rumores, habría llegado a convertirse en romance. Llegada esta murmuración a oídos del Príncipe, éste montó en cólera y, según diversas fuentes, llegó a abofetear a su aún esposa en público. La situación terminó siendo insostenible –el Príncipe habría mantenido igualmente una relación extramatrimonial, en este caso con la célebre bailarina española Carolina Otero (1868-1965)-, produciéndose la separación de la pareja, que no divorcio, el 30 de mayo de 1902.

El fin de la relación fue traumático y con no pocos problemas. El padre de la Princesa intentó que la familia real monegasca devolviera una parte de la abultada dote de su hija, pero los Grimaldi se negaron en rotundo. La Princesa abandonó el Principado y se instaló en Londres, donde retomó su activa vida social. La princesa Alicia se convirtió en amiga íntima de la reina Alejandra (1844-1925), esposa de Eduardo VII de Inglaterra (1841-1910). Sus fiestas fueron muy populares en la capital del Támesis, siendo punto de reunión de importantes figuras de la política, el arte y la literatura. La Princesa también se entregó a las obras de caridad y al mecenazgo de artistas. Su aún marido falleció en 1922 convirtiéndose ella de forma oficial en Princesa Viuda de Mónaco. La Princesa murió en París tres años después, a los 68 años de edad. Sus restos mortales descansan en el Cementerio Père Lachaise de la capital gala.

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