Los Grandes Duques de Luxemburgo cumplen 15 años de reinado

Rompiendo con la tradicional frase: “El Rey ha muerto… Viva el Rey”, el pequeño gran ducado celebró en los albores del nuevo milenio la llegada al trono del gran duque Enrique, tras la abdicación de su padre, el gran duque Juan

Un día tal como hoy del año 2000 la Europa de las diez monarquías daba la bienvenida a un nuevo Rey. Rompiendo con la tradicional frase: “El Rey ha muerto… Viva el Rey”, Luxemburgo celebraba en los albores del nuevo milenio -y marcando tendencia en otras Cortes Reales- la llegada al trono del gran duque Enrique, tras la abdicación de su padre, el gran duque Juan, que ponía fin a un glorioso reinado de 35 años en el estable y próspero pequeño gran ducado. Y lo hizo en un sencillo acto, en el salón de fiestas del palacio Gran Ducal.

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"Nos Juan, por la gracia de Dios, Gran Duque de Luxemburgo, duque de Nassau, según el artículo III de la Constitución, tengo a bien renunciar a la Corona de Gran Duque de Luxemburgo a favor de nuestro hijo bien amado, el gran duque heredero Enrique. Nuestro Primer Ministro, Ministro de Estado, será el encargado de ejecutar la presente renuncia que será publicada en el Memorial (Boletín Oficial del Estado)".

Sin discursos, sin pompas ni boatos, el gran duque Juan de Nassau firmaba el acta y traspasaba a su Heredero los derechos dinásticos, ante su esposa, la recordada gran duquesa Josefina Carlota; los sucesores -hoy Grandes Duques-, Enrique y María Teresa; las entonces reinas Beatriz de Holanda y Paola de Bélgica, además de sus nietos y de los responsables políticos del Gobierno luxemburgués. Después, emocionado, abrazaba a su hijo.

Hubo en sus palabras firmeza y emoción. Una emoción que tampoco pudo ocultar la gran duquesa Josefina Carlota quien, sólo unas horas después de que el Gran Duque firmara la abdicación, saldría hacia París para estar a la cabecera de la cama de su hijo menor, el príncipe Guillermo, que luchaba por sobrevivir tras haber sufrido un mes antes un grave accidente automovilístico en la capital francesa.

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A continuación, en la Cámara de los Diputados, el nuevo soberano levantaba la mano y juraba con el dedo corazón y el índice unidos: "… observar la Constitución y las leyes del Gran Ducado de Luxemburgo, también mantener la independencia nacional y la integridad del territorio, así como las libertades públicas e individuales".

Tras jurar como soberano, y en presencia de sus cinco hijos –los príncipes Guillermo (1981), Félix (1984), Luis (1986), Alejandra (1991) y Sebastián (1992)- y de la familia más allegada, Enrique de Luxemburgo y su esposa, María Teresa, firmaron el documento que les convertía oficialmente en los nuevos Grandes Duques. La Gran Duquesa, para honrar la memoria de su nombre y de sus antepasados, lo hizo en español con el nombre de María Teresa, en lugar de Marie Therese.

La ceremonia, casi íntima, se limitó al ámbito familiar e institucional y los fastos junto a los Herederos del siglo XXI se pospusieron unos meses –hasta abril de 2001- dada la preocupación por el entonces grave estado de salud del hermano pequeño del nuevo soberano, que finalmente se recuperaría bien.

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El gran duque Enrique se convirtió, a sus 45 años, en el jefe de Estado más joven de la Unión Europea y en el primer miembro de una familia real, nacido después de la II Guerra Mundial, que llegaba al trono. También, en el primero que era coronado en el nuevo milenio.

Tenía sólo nueve años cuando su padre empezó a ejercer como soberano –después de la abdicación de la madre de éste, la gran duquesa Carlota I– y estaba internado en un colegio francés… Después, previendo el hecho de que un día sería el Gran Duque de Luxemburgo, ingresó en la Academia Militar de Sandhurst y estudió Ciencias Políticas y Economía en la Universidad de Ginebra, la misma carrera que cursara su padre en Quebec, Canadá.

En vísperas de su toma de posesión, Enrique de Luxemburgo, un políglota que habla francés, inglés, alemán y luxemburgués y un gran deportista aficionado a la natación, el tenis y la vela, le confesaba a la revista ¡HOLA!: "La monarquía es un símbolo de estabilidad y perennidad en un mundo que no deja de moverse… nunca se está totalmente preparado pues, en este mundo, no existe la perfección… A través de mis estudios y del servicio militar he podido adquirir una cierta experiencia de lo que debe ser un Jefe de Estado… Luxemburgo –el país que tiene la renta per cápita más alta de Europa– es un cruce de caminos, a la vez que el punto de encuentro entre el espíritu latino y el espíritu germánico".

Por otra parte, y refiriéndose a la Europa de mañana que tendrá un poder supranacional, manifestó: "Mayoritarias en la Europa de los quince, las monarquías son, a la vez, símbolos de unidad nacional y garantías para la integración". Como prueba, sus primeros quince años de reinado.

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