A un día del bautizo del príncipe George de Cambridge, recordamos la ceremonia bautismal de su padre, el príncipe Guillermo

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El príncipe Guillermo se portó muy bien durante su bautizo en el palacio de Buckingham dando ejemplo a su pequeño, el príncipe George de Cambridge, que recibirá el próximo 23 de octubre las aguas bautismales. Vestía aquel 4 de agosto de 1982 el largo faldón de cristianar, blanco con adornos en batista, utilizado en los bautizos de todos los niños de la Familia Real inglesa en los últimos cien años... hasta la ceremonia bautismal del segundo hijo de los Condes de Wessex, el vizconde James, que estrenó en 2008 una réplica del delicado y ya deteriorado original, encargada por la propia reina Isabel II a su ayuda de cámara, Ángela Kelly, y al grupo de modistas del Palacio de Buckingham.

Mientras se disparaban los flashes, subía la temperatura y la princesa Diana, regia con un elegante atuendo rosa, de flores azules y blancas, y tocada con un sombrero de paja de ala ancha a tono, acunaba al niño en sus brazos. Pero cuando el arzobispo de Canterbury, Robert Runcie, derramó unas gotitas en la frente del pequeño, el príncipe Guillermo rompió el silencio del salón de música, azul y oro, de Buckingham. Lloró y lloró a pleno pulmón, convirtiendo la estancia en una sala de conciertos de llanto y lágrimas hasta que el himno, especialmente compuesto para la ocasión por el organista de la Reina, Richard Popplewell, le meció, le tranquilizó y el niño volvió a sosegarse chupando, a falta de chupete, el meñique de su madre.

La princesa Diana respetó por supuesto la tradición encumbrando los momentos solemnes del rito, pero también descubrió al mundo, comportándose con su hijo como si no hubiera nadie más en la sala, que la ternura y la emoción no están reñidas con el protocolo. La escena, impensable desde un punto de vista ceremonioso, pone en evidencia la mayor de las leyes de la naturaleza: el vínculo de una madre y un hijo... Y es que fue una ceremonia caracterizada por la calidez en cada gesto. Toda la Familia Real inglesa, que se complació del "buen par de pulmones" del niño en palabras de la Reina, intentó ayudar a la mamá a calmar al crío, salvo el príncipe Felipe, que muy en su papel de abuelo, optó por una retirada y un discreto segundo plano. Otro de esos tiernos instantes fue protagonizado por el príncipe Carlos cuando limpió cuidadosamente con un pañuelo la barbilla de su hijo.

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Fueron testigos de los mimos y cariños de los Príncipes de Gales a su pequeño las 60 personas invitadas a la ceremonia íntima, entre las que se encontraban los abuelos, la reina Isabel y el príncipe Felipe, por parte paterna, y el conde Spencer y Frances Shand Kydd, por parte materna; las bisabuelas, la Reina Madre, que ese mismo día cumplía ochenta y dos años, y lady Fermoy, abuela materna de la princesa Diana y dama de compañía de la Reina Madre; el tío paterno príncipe Eduardo, y los seis padrinos y madrinas, el rey Constantino de Grecia; lord Romsey, nieto del fallecido lord Mountbatten; sir Laurens va der Post, explorador sudafricano; la princesa Alexandra, prima de la Reina; la duquesa de Westminster y lady Susan Hussey, primera dama de compañía de la Reina. Se celebró a continuación en el salón azul y oro una recepción, antes de un almuerzo en honor del príncipe Guillermo y la Reina Madre.

Después de la tradicional sesión fotográfica, el niño volvió a requerir su alimento a llantos, hasta que la princesa Diana decidió llevárselo a casa, lo que hizo junto al príncipe Carlos. Ya fuera del palacio, la Princesa hizo que el coche se detuviera para poder mostrarle el niño a la entusiasta multitud que, bajo un tórrido sol, festejaba la ocasión.

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