Nostálgico, impuntual, pero muy trabajador, así era Felipe V, el primero de los Borbones

Recordamos la figura del último Soberano español llamado Felipe

La inminente investidura del Príncipe de Asturias como Felipe VI de España resulta una ocasión propicia para recordar la figura del último Soberano español homónimo, esto es, Felipe V (1683-1746), primer miembro de la dinastía Borbón que ostentó la jefatura del estado en España. Apodado el Animoso, Felipe V no sería únicamente protagonista del más largo reinado de la Historia de España, nada menos que 46 años, sino también responsable en gran parte del desarrollo de la nación española como estado moderno, además de baluarte de la literatura, las artes y la música.

La noticia de la muerte en 1700 de Carlos II de España (1661-1700), si bien esperada — los rumores sobre su deteriorada salud corrían como la pólvora por todas las cortes europeas —, no dejó de ser recibida con enorme desasosiego en los centros de poder del antiguo continente. El hecho de que el comúnmente llamado El Hechizado, último representante de la línea española de la casa de Habsburgo, hubiera fallecido sin descendencia, presagiaba un complejo proceso sucesorio en el trono español que de hecho acabaría desencadenando la Guerra de Sucesión. Tras trece años de conflicto bélico entre los borbónicos, que apoyaban la candidatura de Felipe de Borbón, Duque de Anjou, señalado como heredero por Carlos II, y los austracistas, valedores del archiduque Carlos de Austria (1685-1740), la cuestión sucesoria se resolvió con la victoria de los primeros, y con ellos, de Felipe V.

 

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Felipe de Borbón había nacido en Versalles un 19 de diciembre de 1683, siendo hijo de Luis de Francia (1661-1711), el llamado Gran Delfín, y de María Ana Victoria de Baviera (1660-1690). El hecho de que su madre falleciera cuando Felipe apenas contaba siete años, unido al carácter melancólico de la Delfina y su aversión al ambiente versallesco, hizo que el futuro Rey de España se criara bajo las faldas de su tía abuela, Isabel Carlota del Palatinado, Duquesa de Orleans (1652-1722). Ésta, que se refería a su sobrino nieto con sorna y no carente de ciertas dotes proféticas como roi d’Espagne, sería la encargada de imbuir en el joven Felipe el amor a la literatura y a la música. Su padre, por otro lado, puso el acento en el ejercicio físico de Felipe y sus hermanos, especialmente la natación y la equitación.

Sin embargo, ya desde la infancia, mostró Felipe querencia por la tristeza y la nostalgia, síntomas que hoy en día encajarían con toda probabilidad dentro de un cuadro clínico de depresión — por aquel entonces los galenos se limitaban a apuntar que el pequeño Felipe era víctima de “vapores”. Igualmente en estos primeros años de vida desarrolló una tendencia por el desorden y la impuntualidad, defectos que junto a la inclinación al trasnocho le acompañarían toda su existencia, siendo objeto de la comidilla de la corte.

El joven Rey, tenía apenas 17 años cuando fue coronado, puso rumbo a España el 4 de diciembre de 1700. Pese a las lluvias que domeñaban aquellos días la Península Ibérica, el nuevo monarca fue recibido a su paso con algarabía y gritos de “¡Larga vida al Rey!” de sus nuevos súbditos, desde Irún a Madrid, pasando por San Sebastián, Vitoria, Burgos, Guadalajara y Alcalá. En la capital alavesa el Rey presenció por primera vez una corrida de toros y quedó tan impresionado, que, tras ver la muerte de veinte toros, preguntó a su séquito si era posible que se lidiaran aún más astados. Finalmente el 19 de febrero de 1701 Felipe V llegó al madrileño Palacio del Buen Retiro, después de haber hecho una parada en la basílica de Nuestra Señora de Atocha, donde la misa Te Deum programada apenas pudo ser escuchada, tal era el alboroto de los feligreses dentro del templo, entusiasmados con la llegada del nuevo Rey. Los Grandes de España y el cardenal Portocarrero (1635-1709) le recibieron a las puertas de su nueva residencia. Pese a ser Cuaresma — la bienvenida oficial prevista era por esta razón muy discreta-, el nuevo monarca tuvo que salir al balcón en varias ocasiones para saludar a las ardorosas multitudes agolpadas enfrente del palacio. Por la noche la capital del reino se iluminó con fuegos artificiales.

Sin embargo los primeros tiempos de Felipe V en España no fueron sencillos. El joven Rey se sentía solo, atenazado por la morriña e incapaz de comunicarse con la mayoría de sus subordinados, habida cuenta de que no hablaba castellano — de hecho, el Rey continuó comunicándose exclusivamente en francés hasta el momento de su muerte. Para más inri Felipe V no se encontraba cómodo en sus aposentos del palacio de los jardines de El Retiro y ni siquiera los carruajes a su disposición eran de su agrado. Todo ello condujo a que en abril de 1701 el recién investido Rey sufriera una crisis depresiva de tal magnitud que llegó a afirmar que prefería volver a su Francia natal ya que “no soportaba España”. No obstante, incluso en los momentos de más profundo abatimiento, el monarca dedicaba gran parte del día a los asuntos de estado y a las reuniones con los nobles de la corte.

 

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Quizás con la esperanza de que el Rey venciera su desánimo, las preparaciones de su matrimonio se aceleraron. No casó Felipe V por propia voluntad, sino que sería Luis XIV, el Rey Sol (1638-1715), quien decidiera que la esposa idónea para el nuevo Rey español era María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714). La ceremonia de boda, por poderes, se celebró simultáneamente en Versalles y en Turín el 11 de septiembre de 1701. Los detalles del enlace habían sido negociados por Francisco Pío de Saboya y Moura, el Príncipe Pío (1672-1723). Éste, italiano de origen, apostó por María Luisa como cónyuge de Felipe V, ya que entendía el idioma español y “se vestía al estilo castellano de vez en cuando”. A mediados de septiembre de 1701 la ya Reina abandonó el puerto de Niza, rumbo a España, concretamente a Figueras, donde le esperaba su real marido.

Pese a que la nueva Reina apenas contaba con 13 años cuando llegó a España, su espectacular belleza — de cabello rubio y ojos azules — y su fuerte personalidad hicieron que fuera ella, desde un primer momento, la que marcara el ritmo de la relación conyugal. Tanto es así que Felipe V no pudo consumar el matrimonio la primera noche después del encuentro con la recién arribada Reina, enfurecida ésta al haber sido servida comida española durante la cena en lugar de las ambrosías galas a las que estaba acostumbrada, se negara a aceptarle en su habitación. El Rey, por su parte, le devolvió la moneda la segunda noche. Por fin la tercera noche ambos caerían rendidos a sus respectivos encantos, la Reina arrobada por la belleza de su marido y éste completamente enamorado del temperamento y el porte de su esposa, conocida popularmente como La Saboyana. La pareja tendría cuatro hijos: Luis (1707-1724) que pasaría a los anales de la Historia como el efímero Luis I de España, Felipe, fallecido al poco de nacer en 1709, Felipe Pedro (1712-1719) y el futuro Fernando VI (1713-1759).

Entretanto los poderes fácticos en Europa se mostraban alarmados por el giro afrancesado que, con la llegada de Felipe V, tomaba España. De hecho existía el miedo, fundamentalmente en Inglaterra, de que el monarca francés estuviera maquinando la unión de España y Francia en un gran reino. Irremisiblemente las tensiones en el continente derivaron en una larga guerra a escala mundial — sus efectos se hicieron notar desde Rusia hasta las colonias españolas de Sudamérica y las inglesas de Norteamérica — que haría madurar a Felipe V y convertirle en un mandatario de primer orden. Su primer logro fue el de crear un ejército que estuviera a la altura de sus rivales europeos. Pese al drama de la conflagración — las epidemias que mermaron la población de gran parte de la península o las migraciones de refugiados, además de las pérdidas territoriales, como el caso de Gibraltar —, hoy en día los historiadores consideran que la Guerra de Sucesión tuvo más luces que sombras para España, y, en particular, para la imagen de Felipe V.

En las postrimerías de la guerra Felipe V tuvo que hacer frente además a la tragedia de la pérdida de su esposa. Desde hacía meses la Reina se quejaba de fuertes dolores de cabeza, que se acompañaban de bultos en el cuello que disimulaba con pañuelos. Al poco tiempo la reina María Luisa Gabriela comenzó a dejar de comer, llegando los médicos a obligarla a alimentarse de leche de mujer. Nada de esto mejoró el estado de la esposa del Rey. Ni siquiera el eminente médico francés Adrien Helvétius (1661-1727), célebre en su tiempo, logró descubrir el origen del mal de La Saboyana — hoy en día se sabe que padeció una tuberculosis aguda durante muchos años —, que finalmente fallecería el 14 de febrero de 1714, con apenas 25 años de edad.

Tras la muerte de su primera esposa, todas las voces de la corte estaban de acuerdo en que el Rey, debido a su taciturna idiosincrasia, debía volver a contraer nupcias de forma inmediata. En la elección de la segunda mujer de Felipe V fue clave la figura de Julio Alberoni (1664-1752), consejero italiano del monarca y obispo de Málaga. Éste consideró que la candidata ideal era Isabel Farnesio (1692-1766), hija del duque de Parma Eduardo y de Sofía Dorotea de Baviera-Neoburgo. Isabel, que se convirtió en Reina en diciembre de 1714, era, según las descripciones de la época, “de mediana estatura y bonita figura, cara larga, marcada por la viruela; ojos azules centelleantes; graciosa en la conversación; amante de la música, la equitación y la caza; el español es la única lengua que no domina”. Isabel tenía preferencia por el estilo de vestir de la corte francesa y se hacía traer el vino, el queso y el jamón de su Italia natal. Amante del teatro, no dudo en organizar veladas escénicas en el Pardo, protagonizadas por actores expresamente llegados del país transalpino. En enero de 1716 nacería el primer hijo de la pareja, el futuro Carlos III de España (1716-1788). Éste sería el primero de los siete descendientes del matrimonio siendo los seis restantes Francisco, muerto al poco de nacer en 1717, Mariana Victoria (1718-1781), futura Reina de Portugal, Felipe (1720-1765), María Teresa (1726-1746), Luis Antonio (1727-1785) y María Antonia (1729-1785).

Felipe V se embarcó, asistido siempre por capaces consejeros, a lo largo de estos años, en una reforma profunda de la economía española, especialmente en lo que respecta al sistema fiscal, caduco e ineficaz, y al comercio con las colonias de Ultramar. Al mismo tiempo supo modernizar la estructura administrativa del reino, mientras que impulsó la mejora de la educación de los españoles que pasó a ser gestionada por el Estado.

En 1724 acontece uno de los momentos más enigmáticos del reinado de Felipe V: su abdicación a la edad de 41 años en su hijo Luis, Príncipe de Asturias. El Rey expresó su intención de retirarse con la reina Isabel a San Ildefonso. La carta de abdicación enviada por el Rey a su hijo comienza, en su traducción del francés, como sigue:


“Habiéndose servido la Majestad Divina, por su infinita misericordia, hijo mío muy amado, de hacerme conocer de algunos años acá la nada del mundo y la vanidad de sus grandezas, y darme al mismo tiempo un deseo ardiente de los bienes eternos… he tomado esta resolución con tanto mayor ardimiento y alegría, por cuanto he visto que la reina, que para dicha mía me dio por esposa, entraba al mismo tiempo en estos mismos sentimientos, y estaba resuelta conmigo a poner debajo de los pies la nada de las grandezas y bienes perecederos de esta vida…”

Ríos de tinta han corrido sobre las posibles razones que llevaron a Felipe V a abandonar el trono. Entre ellas destacan la presunta ambición de Felipe por el trono francés — el Tratado de Utrecht por el que se ponía punto y final a la Guerra de Sucesión impedía explícitamente que España y Francia estuvieran regidas por el mismo Rey — o una fuerte depresión del monarca. Sea como sea, los planes del Rey se torcieron con la fulminante muerte de Luis I a causa de la viruela en agosto de 1714 — rumores sobre un posible envenenamiento perpetrado por un contubernio de la nodriza de la Reina, el marqués Scotti y el confesor de Isabel de Farnesio se propagaron no obstante en los mentideros de la villa y corte. Atrás quedaban un puñado de meses en los que el desdichado nuevo Rey, a la sazón un adolescente, y su esposa, Luisa Isabel de Orleans, habían protagonizado varios escándalos que conmocionaron a la capital del Reino. Así, el rey Luis habría sido aficionado a las escapadas nocturnas con su pandilla de amigos. La reina Luisa, por su parte, despreciaba a su marido en público y, según sospechaba éste, tendría cierta propensión al consumo de bebidas espirituosas.

Habiendo fallecido sin descendencia Luis I, todo era propicio para que la corona volviera a Felipe V y su esposa, Isabel de Farnesio. Según las crónicas de la época, ésta se mostraba en público eufórica con la idea de ocupar de nuevo el trono. Finalmente en la noche del 6 al 7 de septiembre de 1714 Felipe V se convertía por segunda vez Rey de España.

Del mismo modo que Felipe V tuvo un papel fundamental en la esfera política española del siglo XVIII, su influencia en el mundo de las artes no fue menos crucial. Durante su mandato se fundarían la Real Librería, germen de la actual Biblioteca Nacional de España, en 1711, la Real Academia Española, en 1714, la Real Academia de la Historia, en 1735, y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1744. También el urbanismo florece en tiempos de Felipe V con la construcción de obras relevantes como el madrileño Puente de Toledo, en 1719, la creación de Nuevo Baztán en Madrid, donde trabajará el célebre arquitecto José Benito de Churriguera (1665-1725) y el barrio de La Barceloneta en la ciudad condal.

Felipe V no consiguió jamás zafarse de sus depresiones. En los últimos años de su reinado refugió sus pesares en la buena mesa, aumentando de peso de forma dramática. El 9 de julio de 1746 el Rey sufrió un grave ataque de apoplejía que le dejó sin habla y apenas consciente. En brazos de su esposa Isabel, el monarca fallecería a las pocas horas. Sus restos mortales fueron expuestos en Palacio durante tres jornadas. Los madrileños no dudaron en dirigirse en masa a despedirse de su querido Rey, llegando incluso a producirse percances personales entre los asistentes. Según las crónicas de la época no hubo vecino en Madrid que no acudiera a dar su último adiós a Felipe V, que fue enterrado en La Real Colegiata de la Granja de San Ildefonso. Su esposa le sobreviviría veinte años. Felipe V fue sucedido en el trono de España por su hijo Fernando VI, quien pasaría a la Historia con el sobrenombre de El Prudente.

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