Suenan tambores de guerra por Europa. La inestabilidad política y económica reinante también se cuela en el seno de la Familia Real griega, debilitada y con un futuro incierto. Pero, entre tanto caos, una buena nueva: un bebé. El 2 de noviembre de 1938, en una casa unifamiliar del residencial barrio de Psijiko, en Atenas, nace la primogénita de Pablo, el Príncipe Heredero de Grecia, y de su esposa, Federica de Brunswick-Luneburg. Dicen que fue el pueblo quien le puso el nombre: Sofía. Cuando se anuncia su nacimiento, los monárquicos gritan: "¡Sofía! ¡Sofía!" (sabiduría). Dejándose llevar por la corriente popular, los entonces Príncipes de Grecia renuncian al nombre de Olga. Pronto esa niña sentirá en carne propia lo que significaban el exilio y la devastación de la guerra.

La experiencia del exilio
En 1941, la Familia Real griega sale de su país y hace una primera escala en Creta. "Sé que nos bombardearon nada más llegar a Creta. Nos refugiamos en una zanja en medio del campo. Mi madre me tapaba las orejas para que no oyese las bombas y me cantaba una canción popular. Nos fuimos con lo puesto y lo imprescindible. Lo único que le preocupaba era ponernos a salvo". En aquellos azarosos días no existía rincón seguro y en paz. Después de un tiempo en Alejandría, otro de sus 22 domicilios, llegan a Sudáfrica, donde el general Smuts, Primer Ministro del Dominio Británico en este país, protege a la Familia Real griega, en especial ante las largas ausencias del príncipe Pablo. Les hospeda en la finca Irene, donde nace, en 1942, la princesa Irene, la tercera hija de los Reyes griegos. "A mi padre lo veíamos poco —recordó la Reina en el libro de Pilar Urbano sobre su vida—, pero mi madre nos hablaba mucho de él. Nos enseñaba fotos, nos leía sus cartas. Se querían mucho, estaban muy enamorados, muy unidos". Federica permanece al lado de sus hijos en las afueras de la ciudad de El Cabo. "Sofía es un verdadero trasto —escribe a su marido cuando la pequeña princesa tiene sólo cinco años—. Manifiesta voluntad fuerte, pero tiene también instintos maternales y protege a sus hermanitos".

En 1944, con la guerra a punto de finalizar, la Familia Real griega decide regresar a Alejandría, donde vivirán durante un tiempo. En esos difíciles momentos de espera para los Reyes griegos, las Princesas toman contacto, por primera vez, con el estricto protocolo de las monarquías de entonces al haber entablado amistad con las hijas del rey Faruk. Por la mañana acuden a un colegio británico; por la tarde, al palacio donde vive la Familia Real de Egipto, en El Cairo. Después, parece que el regreso a casa, a Grecia, está cerca.

Doña Sofía tiene ocho años y todas las ganas de reencontrarse con la tierra, tantas veces añorada por sus padres... "Me sorprendió que en Grecia, a pleno sol, con una luz tan blanca, tan fuerte, que casi cegaba, el mar fuese tan oscuro". La Familia Real se instala nuevamente, aunque sólo por un tiempo, en la vieja mansión donde nacieron la princesa Sofía y su hermano, en el elegante barrio de Psijiko. Un edifico que dispone de un solo salón y un pequeño jardín y está completamente destrozado tras haber sido ocupado por los alemanes.

Sofía acaba de cumplir nueve años cuando sus padres, Pablo y Federica, son nombrados Reyes de Grecia. Se mudan entonces a Tatoi, un lugar de ensueño, a 14 kilómetros de Atenas, circundado por un bosque de más de 42.000 metros cuadrados. En 1951 la envían a estudiar a un internado alemán, en Salem, dirigido. Allí es "simplemente, una chica griega, rubia, llamada Sofía". Sin más distinciones. Cuando regresa a Atenas, Sofía se especializa en puericultura, música y arqueología. Y es esta infatigable estudiante, culta, "seria y bromista a un tiempo", como ella misma se define.

Una nueva vida tras su despertar al amor
En el verano de 1954, la reina Federica de Grecia organiza un crucero a bordo del Yate Agameón con la intención de que ciento diez jóvenes, miembros de las casas reales europeas, tuvieran la oportunidad de conocerse. Sobre la cubierta de este barco se produce el primer encuentro entre la princesa Sofía de Grecia, de quince años, y Juan Carlos de Borbón, de dieciséis. No obstante, habrían de pasar muchos años hasta que ese encuentro se convirtiera de verdad en una cita.

La reina Federica, después del encuentro de doña Sofía y don Juan Carlos en Londres, con motivo de la boda de los Duques de Kent, el 8 de junio de 1961, invita a los Condes de Barcelona y a sus hijos al palacio de Mon Repos, Corfú. Lugar tradicional de veraneo de la Familia Real griega con maravillosas vistas al Mediterráneo y un precioso bosque exótico. El Príncipe prolonga su visita hasta la primera quincena de agosto. Fernando Rayón extrae del libro Memorias de Federica de Grecia "Corfú es el sitio más maravilloso del mundo para enamorarse... En aquel feliz ambiente, Sofía y Juanito decidieron unir sus vidas para siempre".

En Lausana, los Reyes de Grecia se reúnen con los Condes de Barcelona y sus hijos en el Hotel Beau Rivage. El Rey -lo ha dicho doña Sofía en numerosas ocasiones- jamás usó la pregunta: ‘¿Quieres casarte conmigo?’, pero sí la sorprendió lanzando, durante aquel encuentro, una caja al aire con un "¡Sofi, cógelo!". "¿Recuerdas -dijo la Reina mirando a don Juan Carlos ante otros testigos- que, en Suiza, en casa de tu abuela, después de comer, entraste tú, me pusiste la pulsera y me dijiste: ‘Nos casamos, ¿eh?’".

El príncipe Juan Carlos y la princesa Sofía se casan el 14 de mayo, en Atenas, por dos ritos. El primero, católico, tuvo lugar en la catedral de San Dionisio. El segundo, ortodoxo, se celebra, una hora más tarde, en la catedral de Santa María y es autorizada por Juan XXIII. Doña Sofía, emocionada durante ambas ceremonias, usa el pañuelo de don Juan Carlos en varias ocasiones.

De Príncipes a Soberanos
Después de su viaje de novios, alrededor del mundo, el príncipe don Juan Carlos y la princesa Sofía de Grecia se instalan en Madrid. En el palacio de la Zarzuela. Son años difíciles para la dinastía de los Borbones, pero inmensamente felices para el matrimonio que pronto se verá correteando detrás de tres niños por los jardines de su residencia. La [infanta Elena] nace en 1963; la [infanta Cristina], en 1965, y el heredero al trono, [Felipe de Borbón], en 1968.

Por fin: noviembre de 1975. Un estrado cubierto de alfombras y adornado con tapices y flores. Dos sillones para los que iban a ser Reyes y tres sillas para los Infantes. Y, sobre una mesa pequeña, los seculares de la realeza: la corona y el cetro. Ese largo camino que don Juan Carlos y doña Sofía inician, en su juventud, sin corona, y que siguen recorriendo hoy, con el paso firme de quien ha visto cumplidos sus sueños, respaldados por el cariño y el respeto de toda una nación, podría resumirse como una historia de entrega, carácter y oficio sin la cual ya no puede ser escrito ni el pasado ni el presente de España.

Abuelos y Reyes
Con el paso de los años, las Infantas y el Príncipe forman sus propias familias y, ahora, don Juan Carlos y doña Sofía son los Reyes-abuelos. Después de treinta años sin niños, ocho nietos reales llenan de alboroto y alegría los jardines del palacio de la Zarzuela… Hijos de sus tres hijos. Niños que, desde que nacieron, vienen a acaparar las portadas en las que ellos aparecieron por primera vez, en los brazos de [don Juan Carlos] y [doña Sofía] siendo todavía unos recién nacidos. Los soberanos viven la plenitud de una edad en la que valoran lo que han conseguido como padres y soberanos.

Sus ocho nietos son la gran debilidad de los Reyes. Sus Majestades siempre se deshacen en atenciones hacia ellos. Para cada uno tienen un cálido gesto, una caricia... Un momento único. Ya sea Froilán, Victoria Federica, Juan Valentín, Pablo Nicolás, Miguel, Irene, la infanta Leonor o la benjamina, la infanta Sofía. Sus sonrisas, siempre amables, se vuelven enormemente dulces cuando están dedicadas a uno de los suyos. Y es que ese octeto de felicidad se ha colado definitivamente en la mirada de nuestros Reyes.

Más sobre

Regístrate para comentar