Los Duques de Palma y sus hijos, un fin de semana de emociones fuertes

¿Quién dijo miedo? Los duques de Palma de Mallorca, un matrimonio deportista donde los haya, se atreven con todo. Y el pasado fin de semana tuvieron ocasión de demostrarlo. Junto a sus cuatro hijos y los hermanos de Iñaki con sus familias formaron una divertida pandilla que puso rumbo al Pirineo aragonés, un lugar que visitan muy frecuentemente en invierno para practicar el esquí, pero que en verano les sorprendió aún más. Y es que tenían un plan de actividades de lo más completo. Y todo de emociones fuertes. Eso sí, con un plato estrella: el descenso en rafting.

Bien pertrechados con trajes de neopreno —el agua del deshielo y de alta montaña es sólo para valientes—, cascos y salvavidas, la familia al completo (salvo la pequeña Irene, aún demasiado jovencita para aventuras de este tipo) subió con sus respectivos remos hasta un alto donde les esperaban las lanchas tipo zodiac en las que harían el descenso. Los niños eran todo nervios y emoción. Más aún cuando se cruzaron con un rebaño de ovejas y cabras, algo que no se ve en las ciudades. Debía ser la primera vez que el pequeño Miguel se cruzaba con uno, porque, curioso, corrió hacia su madre para preguntarle todo.

Interesante, pero lo mejor estaba por llegar. El gran grupo se repartió en varias lanchas para emprender el descenso. Doña Cristina y su marido llevaron en la suya a dos de sus hijos (Miguel, en la proa, y Juan Valentín, en la popa) y se lanzaron a las aguas bravas. Las caras de emoción de los niños lo decían todo mientras sus padres luchaban con sus remos para mantener la estabilidad del bote. A pesar de lo que pueda parecer, la aventura no reviste mayor riesgo por el equipamiento.
Además, en todas las embarcaciones va un profesional para evitar cualquier peligro. Aprovechando el buen tiempo, también se bañaron en las frías aguas del río, donde los rápidos hacían de improvisados toboganes. Aunque no había apenas profundidad, Iñaki tomó la precaución de coger fuertemente a sus hijos mientras se deslizaban por los pequeños remolinos.

Ya por la tarde se desplazaron hasta una localidad cercana, donde en plena calle se celebraba un pequeño torneo de bolos «rústicos» (tanto los bolos como la bola eran de madera). Ni cortos ni perezosos se dispusieron a probar suerte. Doña Cristina demostró sus dotes y Juan Valentín le fue a la zaga. Todo entre los ánimos de los vecinos, emocionados de tener allí a parte de la Familia Real.

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