[Juan Carlos de Borbón], el primer hijo varón de don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, y de doña María de las Mercedes de Borbón Orleáns, princesa de Dos Sicilias, nació en la clínica Anglo Americana de Roma, el 5 de enero de 1938. Su natalicio se produjo en una época amarga para España, que se encontraba inmersa en plena Guerra civil, motivo por el cual la Familia Real vivía exiliada en la capital italiana.

Los españoles tuvieron conocimiento del nacimiento así como del bautizo de su futuro Rey gracias a la edición sevillana del diario ABC -la edición madrileña estaba entonces requisada por el Gobierno de la República. Fue su corresponsal César González-Ruano quien, gracias al contacto mantenido por aquellos días con un ‘simpático, bondadoso e inteligente don Juan de Borbón’, pudo informar -de manera escueta, eso sí- de las últimas noticias surgidas en torno al nuevo infante ‘real’.

El bautizo, según relataba Ruano, se celebró en familia, en la capilla romana de los Caballeros de la Orden de Malta (Real Cruze di Malta), el 26 de enero de 1938. Se trataba de una capilla pequeña, situada junto a un gran patio. ‘Todo tenía un aire suave de oro puesto al servicio de la vieja cortesía’, escribiría Ruano.

Una ceremonia breve y sencilla
La 'breve y sencilla' ceremonia fue oficiada por el secretario de Estado, cardenal Pacelli que, al año siguiente, sería elegido Papa con el nombre de Pío XII. Don Alfonso XIII impuso al futuro Rey las insignias del Toisón de Oro. Fue madrina del bautizo la reina Victoria Eugenia -quien treinta años más tarde ocuparía el mismo puesto en el bautizo del príncipe Felipe-, su abuela paterna, y el infante don Carlos de Borbón-Dos Sicilias, su abuelo materno. Asistieron a la ceremonia, además de su familia, la reina Elena de Italia, esposa de Víctor Manuel Tercero, el infante don Jaime, padrino por representación de don Carlos, padre de la Princesa, y las infantas doña Beatriz y doña Cristina. A la ceremonia de bautismo siguió una celebración en el Gran Hotel que se extendió hasta las dos de la tarde, todo envuelto, según describía Ruano, en un halo de intimidad ‘que reñía involuntariamente con la importancia de los asistentes’.

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