El príncipe Felipe bautizado en el palacio de la Zarzuela

EL 30 de enero de 1968 llegaba al mundo, en la clínica Loreto, de Madrid —la misma en la que nacieron sus hermanas, doña Elena y doña Cristina—, el futuro heredero de la aún no cristalizada Corona española, el príncipe don Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, un saludable bebé de 4,300 kilos, de 55 centímetros de altura, rubio y de ojos azules. Su padre, al conocer la noticia, realizó dos llamadas, una a sus padres y otra al general Franco, en la que le informaba del nacimiento de un «macho» en la familia.

La ceremonia del Bautismo tuvo lugar en el palacio de la Zarzuela el 8 de febrero de ese mismo año, recibiendo el sacramento de manos del arzobispo de Madrid, monseñor Casimiro Morcillo, quien, al igual que sucedió con sus hermanas, derramó sobre el neófito agua del río Jordán en la pila de Santo Domingo de Guzmán.

Su Majestad la Reina Victoria Eugenia, su bisabuela, que volvía a España después de treinta y siete años de exilio, fue la madrina, y Su Alteza Real el conde de Barcelona, el padrino. El recién nacido, en brazos de su madrina, lucía el faldón de cristianar que utilizaran en su momento su padre, don Juan Carlos, y sus hermanas.

La pila de Santo Domingo
Esta pila bautismal lleva el nombre de Santo Domingo de Guzmán porque en ella fue bautizado este santo el año 1170 en la iglesia de Caleruega, Burgos. Se trata de una pieza románica de piedra blanca sin bruñir y guarnecida en plata, que fue trasladada en 1605, por orden de Felipe III, al convento de los dominicos de San Pablo, de Valladolid, recibiendo en ella el Bautismo su hijo Felipe IV. Desde ese momento, y siguiendo los pasos de la Corte, la pila se instala en Madrid, concretamente en la iglesia del convento de las Madres Dominicas, cercano al palacio real.

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