La infanta Elena, embajadora del 'glamour' real en España

La Duquesa de Lugo causa sensación por su elegancia allí donde va. Se convirtió, de hecho, en la reina absoluta de la entrega de los premios ‘T de Telva’ -el galardón español por excelencia del glamour y la distinción-, en donde volvió a hacer gala de su exquisito gusto en el vestir y su personal estilo. Jugando con tonos pasteles, la infanta Elena cautivó a todos los presentes con un vestido de seda rosa palo, con cuerpo encorsetado, escote barco drapeado y falda de vuelo hasta los pies. Completó su atuendo con un chal, rematado con pequeños flecos; cartera de mano dorada y un conjunto de gargantilla con colgante de brillantes, a juego con los pendientes.

Doña Elena derrochó encanto a raudales en la fiesta de la moda, como lo hizo también días después con ocasión de la inauguración en el Palacio Real de la exposición Juan van der Hamen y la Corte de Madrid, que reúne cerca de setenta obras de este pintor del siglo XVII, conocido principalmente por sus bodegones. De nuevo, la Duquesa, madrina de excepción junto a su esposo de la muestra, deslumbraba por su simpatía e imponente presencia. Para la ocasión, apostó nuevamente por los tonos pasteles. Lució un abrigo rosa palo de tweed, que combinó con pantalón azul y con bolso de chanel y zapatos en rosa. Radiante absolutamente.

Doña Elena, una mujer plena
Y así ha sido en todas y cada una de las apariciones públicas de la Infanta desde que alcanzó la treintena. A partir de aquel momento, la Duquesa de Lugo demostró al mundo que poseía un estilo propio y un empaque natural. Empezaba a salir, entonces, con Jaime de Marichalar, el que, con el paso del tiempo, se convertiría en su marido… Quizá estuviera pensando ya en su boda y en su vestido blanco o quizá había llegado el momento de la metamorfosis. Fuera lo que fuese, doña Elena no regateó esfuerzos para conseguir su propósito. Con férrea voluntad bajó varias tallas y salió de compras para vestir, de nuevo, su armario. Se olvidó, entonces, de los vestidos con grandes vuelos, de los volantes, de las mangas repujadas y de los estampados y apostó fuerte por una moda más afrancesada y cosmopolita. Recurriendo al guardarropa de [Christian Lacroix] -un diseñador que recurre constantemente a la tradición española-, [doña Elena] cambió de imagen y de cuerpo -cintura de avispa, cadera ligeramente redondeada, cara más afilada, brazos largos y filiformes…-, y se convirtió en una de las mujeres españolas más elegantes.

Doña Elena ha alcanzado la plenitud como mujer, como esposa y como madre. Segura de lo que le conviene, de lo que le favorece, de lo que debe ser, la Infanta demuestra, en cada uno de sus pasos, tener un control absoluto sobre su propia vida. Probablemente, la Duquesa de Lugo se encuentre entre aquéllas que confiesan, sin pudor, que alcanzaron la madurez a los 35 años y que, de volver al pasado, jamás retornarían a los 18.

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