Era un día clave, una fecha que, por sí sola, ya suponía entrar en los anales del deporte español. Por fin la selección de balonmano iba a disputar una final del Campeonato del Mundo, después de los éxitos obtenidos en Europeos y en Juegos Olímpicos, ahora llegaba el momento de refrendar su calidad frente a los mejores equipos.

Si París bien vale una misa, Rades, en Túnez, bien vale acortar unas vacaciones. Así debió pensar don [Iñaki Urdangarín] cuando vio a los que un día fueron sus compañeros, derrotar al país anfitrión en semifinales y decidió viajar hasta el país otomano en compañía de su esposa la [infanta Cristina]. Hasta ese momento el Duque de Palma se encontraba pasando unos días de descanso, disfrutando de la nieve en Baqueira, junto a su mujer y sus hijos, así como en compañía de los Príncipes de Asturias.

La victoria en la final no se presuponía cosa fácil, enfrente estaba la selección de Croacia, hasta este momento, campeona del mundo y olímpica. Pero España jugó su mejor partido y logró un triunfo por 40-34 que sabe a gloria.

Iñaki Urdangarín no pudo contener la emoción. Él, uno de los jugadores míticos del balonmano nacional, ganador de dos medallas de bronce en los Juegos Olimpicos de Atlanta 1996 y Sydney 2000, veía por fin un sueño cumplido, ver a su selección campeona del Mundo.

Mientras los jugadores españoles celebraban la victoria en la pista, Urdangarín no pudo reprimir unas lágrimas de emoción, por la hazaña conseguida.

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