Barcelona y el Mediterráneo
Después, Madrid de nuevo y el gran salto a Barcelona con motivo del Año de Gracia Olímpica de 1992. Al principio, para los entrenamientos, para estar cerca del mar y de sus compañeros marineros. Después, porque [doña Cristina], enfundada ya en unos sencillos vaqueros y en un polo azul de navegante típico, se enamoró de Barcelona y del Mediterráneo. Además, por primera vez, había encontrado la vida a la que tantas veces había hecho referencia la prensa con la frase mil veces publicada: "como cualquier joven de su edad"…

Con el sabor de la sal en los labios, su andar un tanto desmadejado, su mirada tímida, sin prepotencia, su gesto humilde y su sonrisa abierta se instaló cerca del puerto y de sus compañeros marineros, se matriculó en un curso de Relaciones Internacionales en la Unesco y se comprometió a participar en la organización del Campeonato del Mundo de Vela adaptada, que se celebraría con ocasión de los Juegos Paralímpicos. Con el tiempo, aprendió catalán, buscó un trabajo en la Fundación Cultural de La Caixa… Y se convirtió en una pincelada de sabia discreción, en una sombra huidiza que iba de la oficina al mar y del mar a su casa.

La vela y la libertad
La vela fue para la infanta Cristina, una vez más, ese rincón de felicidad donde podría respirar a pleno pulmón, donde sentirse, de verdad, libre tal y como había confesado el Rey en una entrevista hacía algunos años… Abanderada española en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988 --a los que acudió en calidad de suplente del equipo de vela. Exactamente en el mismo papel que tuviera la Reina en los Juegos de Roma-, consumada esquiadora y regatista excepcional… Amiga de deportistas desde siempre -Vicky Fumadó, Patricia Guerra, Sara Yllera, Teresa Zabell-… Estaba escrito que, con los años, sería también esposa de un deportista excepcional. Como un rasgo de coherencia en su destino, doña Cristina se enamoró de un jugador de balonmano.

Crónica de un noviazgo
"Alucino. Estoy colada por ¡un jugador de balonmano!", dijo doña Cristina a una de sus íntimas amigas, según el libro La infanta Cristina, una mujer de su generación, de María Molina y Consuelo León. "Creo que me estoy enamorando de la infanta. ¿Tú crees que estoy loco?", le preguntó en octubre de 1996 Iñaki a su hermana mayor, Ana. "¡Qué pasada! ¡Estoy enamorado de la Infanta!", -le dijo Iñaki a su amigo Fernando Barbeito… "Es sensacional. Estoy encantado y muy feliz, de verdad. Debo reconocer que cuando conocí a la Infanta estaba temblando, pero luego pensé: ¡qué chica más normal!" Mantuvieron su romance en secreto, vivieron su historia de amor a espaldas del mundo, aunque temerosos de ser descubiertos y, un año después, anunciaron su compromiso matrimonial. Con la alegría y la ilusión de aquellos que se ven al fin libres de esconder los sentimientos, doña Cristina e Iñaki Urdangarín, comenzaron juntos una nueva vida. Ahora, son padres de tres niños y siguen residiendo en Barcelona.

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