María Amelia de Borbón, la última reina de Francia

En este primer artículo dedicado a la dinastía de los Borbones nos centraremos en la que, como esposa de Luis Felipe, Rey de los Franceses (1773-1850), está considerada como última Soberana francesa. La vida de la reina María Amelia (1782-1866) estuvo marcada por el tiempo convulso que le tocó vivir y que se traduciría en dos exilios y en una muerte lejos de su tierra natal. Mujer de una fe religiosa inquebrantable, era conocida en su familia como “La santa”, la reina María Amelia se dedicó durante toda su vida al cuidado de su familia, desentendiéndose casi por completo de la política y las intrigas palaciegas. Esta es su historia.

Nace la futura Reina gala con el nombre de María Amelia Teresa de Borbon Dos Sicilias y Habsburgo Lorena el 26 de abril de 1782 en el Palacio Real de Caserta, centro neurálgico del Reino de Nápoles, una suerte de Versalles italiano proyectado por Carlos VII de Nápoles (1716-1788), futuro Rey de España con el nombre de Carlos III. En la joven María Amelia se aunaban dos de las dinastías europeas más importantes de la Edad Moderna europea. Por un lado, por parte paterna, era hija de Fernando I de las Dos Sicilias (1751-1825), quien a su vez era hijo del ya mencionado Carlos III y de María Amalia de Sajonia (1724-1760). Por parte de madre, María Amelia poseía sangre germana, una vez que era hija de la archiduquesa María Carolina de Austria (1752-1814) y, por tanto, nieta de los fundadores de la estirpe Habsburgo-Lorena, la cual desde el siglo XIII hasta el siglo XX daría Soberanos a países como Austria, Hungría, Croacia, Portugal, España o la ya extinta Bohemia.

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No fue la princesa María Amelia una niña deseada. Si bien sus padres formaron una familia numerosa – engendraron a dieciocho retoños -, cada vez que nacía una niña ésta era recibida con frialdad, una vez que esto suponía que cuando alcanzara edad de merecer sus padres tendrían que devanarse los sesos para encontrar un candidato aceptable, además del dispendio en dotes que iba asociado al casamiento de una hija. Prueba del poco entusiasmo con el que la pequeña María Amelia llegó al mundo es que su madre, al conocer el sexo del bebé que acababa de alumbrar, exclamó a voz en grito: “¡Dios Mío, otra niña, otra niña a la que casar!”. No obstante, la joven María Amelia comenzaría pronto a destacar entre sus hermanos. Con tan solo dos años y medio la pequeña es ya capaz de leer, lo que provoca la admiración de sus padres, que encargarán la educación de su precoz hija a Vincenza Rizzi, viuda de Bernardo d’Ambrosio, un prestigioso abogado napolitano. La relación entre la Señora d’Ambrosio y María Amelia deviene en poco tiempo en un vínculo materno filial, que durará hasta el fallecimiento de la primera – una adulta María Amelia la recordará como “siempre respetuosa y siempre preocupada por mi felicidad”-. Mujer muy austera y de fuertes convicciones católicas, la Señora d’Ambrosio inculcará en la futura Soberana francesa valores como el de la obediencia y el sacrificio, además de transmitirle la importancia de la fe.

La infancia y la adolescencia de María Amelia estarían marcados por graves acontecimientos políticos. Con tan solo siete años, María Antonieta de Austria (1755-1793), Reina consorte de Francia y tía de María Amelia es ejecutada en la guillotina por las fuerzas revolucionarias galas. La conmoción en la familia del Rey de Nápoles fue profunda. Es quizás este dramático episodio el que dará como resultado la desconfianza que María Amelia siempre mostraría por el pueblo llano y su reticencia a mostrarse ante sus súbditos con normalidad.

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La llegada de María Amelia a la edad adulta plantea un grave problema para sus padres, una vez que pocos habían sido los candidatos que hasta ese momento se han interesado por un posible matrimonio con su hija. Está constatado, por otro lado, que la madre de la joven intentó sin éxito desposarla con el Duque de Berry (1757-1836). En gran medida esta situación era consecuencia de la difícil coyuntura política en la que se encontraba la Familia Real de Nápoles. Tras la Revolución Francesa, los napolitanos se habían posicionado contra el nuevo estado francés, participando de hecho en la llamada Primera Coalición contra los revolucionarios. La amenaza de una posible invasión de Nápoles por el ejército francés obliga a los Reyes y sus hijos a instalarse en Sicilia. Poco después, en 1800, la princesa María Amelia acompaña a su madre a Austria, donde reside por un periodo de dos años, hasta que finalmente puede regresar a su tierra natal. Finalmente la temida invasión gala del Reino de Nápoles se produce en 1806, cuando el Mariscal Masséna (1758-1817), bajo las órdenes de Napoleón (1769-1821) somete al pequeño estado italiano con gran crueldad. La Familia Real, temerosa de ser arrestada o incluso ajusticiada, vuelve a huir de su Reino rumbo Sicilia, donde se instala en la ciudad de Palermo, bajo la protección del ejército británico.

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Será en el exilio siciliano donde la princesa María Amelia encuentre el amor en la persona de Luis Felipe de Orleans, quien había huido de Francia acosado por los revolucionarios y cuyo padre, Luis Felipe José (1747-1793) había sido, de hecho, guillotinado en 1793. Los dos jóvenes se atraen y comienzan una relación de noviazgo que durará tres años. En 1809 se celebraba la boda por la que María Amelia se convertía en Duquesa de Orleans. Los recién casados se instalarán en el Palacio Orleans de Palermo, donde pasarán los primeros años de matrimonio. En 1810 nacerá el primer hijo de la pareja, el príncipe Fernando Felipe (1810-1842), primero de una lista de diez retoños, entre los que se encontrarán la futura Reina de Bélgica, Luisa María (1812-1840) o el príncipe Antonio (1824-1890), quien llegaría a ser Infante de España a través de su matrimonio con María Luisa Fernanda de Borbón (1832-1897), hija de Fernando VII (1784-1833).

La vida de los Duques no era en cualquier caso fácil. Es conocido que tenían problemas económicos graves, una vez que sus únicos ingresos provenían de un estipendio que recibían de la Corona británica. Quizás con perspectivas de encontrar un futuro más próspero, los Duques se trasladan a Francia en 1814, tras el exilio forzoso de Napoleón a la Isla de Elba. Cuando éste vuelve a ocupar el poder en Francia en 1815, los Duques se ven obligados de nuevo a trasladarse a Sicilia. No será hasta 1817 cuando los Duques de Orleans son autorizados a establecerse en tierras galas. Durante este periodo, que termina con la investidura de Luis Felipe como Rey de los Franceses, los Duques se esmeran en ampliar su red de contactos en la sociedad francesa desde su Palacio Real, situado en la Rue Saint-Honoré de París, en donde se organizan grandes fiestas en las que se intenta emular el ambiente cortesano prerrevolucionario.

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Tras la llamada Revolución de Julio, en 1830, Luis Felipe de Orleans es proclamado Rey de los Franceses. María Amelia de Borbón se convierte así en Reina consorte de Francia. Los historiadores consideran que María Amelia nunca quiso convertirse en Reina, y que consideraba a la Corona como una carga potencialmente peligrosa para ella y los suyos. Quizás por ello, la nueva Reina se refugió en la religión, en las obras de caridad y en la crianza de su gran familia, no queriendo participar en ningún caso en la vida política del Reino. No obstante, la Soberana siempre estuvo dispuesta a representar a su país con dignidad, como demuestra la exitosa visita a Francia de la reina Victoria de Gran Bretaña (1819-1901) en 1843. El carácter desprendido de la Reina francesa lo prueba el hecho de que prácticamente la totalidad de la asignación que recibía del Estado francés lo utilizaba para ayudar a los más necesitados.

En 1848, un nuevo periodo revolucionario obligará al Rey a abdicar y a abandonar Francia con su familia. Su destino en esta ocasión fue Inglaterra. En tierras británicas los ya antiguos Reyes fueron recibidos con calidez por la reina Victoria y su corte. La Soberana británica les cedería de hecho la residencia de Claremont House, en el condado de Surrey. Allí pasarían los últimos años de sus vidas. El rey Luis Felipe moriría en 1850. Su viuda llevaría una vida tranquila, viajando de cuando en cuando a Londres para asistir a algún acto organizado por la Corona británica. Por supuesto, jamás abandonó la fe, acudiendo diariamente a misa hasta su muerte, acontecida el 24 de marzo de 1866, cuando contaba con 83 años de edad. Diez años después de su deceso, los restos mortales de la Reina fueron transportados junto a los de su marido de regreso a Francia, siendo enterrados en la Capilla Real de Dreux, en el departamento de Eure-et-Loir.

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