La vida de la reina María José (1906-2001), última soberana de Italia, solo puede ser descrita como una sucesión de desgracias e infortunios. No solo tuvo que vivir de cerca las dos guerras mundiales, sino que además fue el centro de no pocas intrigas políticas, que terminarían conduciéndole al exilio. A esto habría que añadir igualmente un matrimonio infeliz y la muerte en trágicas circunstancias de varios de sus familiares más directos. En este artículo repasamos la biografía de la que, a causa de la brevedad del reinado de su marido, Humberto II, de apenas un mes de duración, fue conocida como la Reina de Mayo.

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Nace la futura reina italiana el 4 de agosto de 1906 en Ostende. La princesa belga, cuyo nombre completo era María José Carlota Sofía Amelia Enriqueta Gabriela de Bélgica, era la hija del rey de los belgas Alberto I (1875-1934) y de Isabel Gabriela de Baviera (1876-1965). La Princesa era la pequeña de tres hermanos, siendo el mayor el futuro rey Leopoldo III (1901-1983) y el mediano el Conde de Flandes, Carlos Teodoro (1903-1983). La vida de la pequeña María José discurrió con normalidad hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, momento en el que Bélgica es invadida por Alemania.

Mientras sus padres permanecieron en territorio belga luchando contra el invasor germano, la Princesa, de ocho años de edad, fue enviada a un internado inglés, con objeto de protegerla de los horrores de la guerra. Aún así, María José viajaba con regularidad de vuelta a su patria para visitar a sus progenitores y ayudar en lo posible a los combatientes belgas – es conocido que con apenas doce años la Princesa, acompañada de su madre, acudía a los hospitales de campaña para asistir a los heridos. Experimentar de forma tan próxima la Gran Guerra dejó huella en la Princesa, que desde aquel momento desarrolló una acusada germanofobia, que sería una constante a lo largo de su vida. Asimismo, el heroico comportamiento de su padre, el rey Leopoldo III, durante el conflicto, llevaría a la Princesa al convencimiento de que un Soberano debía estar, ante todo, al servicio de sus súbditos.

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Será precisamente en los años de la Primera Guerra Mundial cuando las casas reales de Bélgica e Italia, ambas católicas, decidieran que la princesa María José era la candidata idónea para convertirse en el futuro en la esposa de Don Humberto (1904-1983), Príncipe de Piamonte y Heredero de la Corona italiana. La Princesa pues pasaría su juventud a sabiendas de que su destino estaba unido al del sucesor al trono transalpino, quien estaba considerado como el Príncipe más apuesto de su tiempo.

Finalmente el 8 de enero de 1930, la Princesa belga contraería matrimonio en Roma con el Heredero italiano en una ceremonia de gran boato y que logró paralizar Italia por varios días. Sin embargo, al poco de casar, comenzaron a surgir los problemas en la pareja. Por un lado, la Princesa se dio cuenta de que su carácter y forma de vivir distaban mucho de los de su marido. Mientras ella había sido educada en las ideas liberales y en el amor al arte, su esposo había crecido para convertirse en un militar, en un ambiente en donde la disciplina primaba sobre cualquier otro aspecto. Además, la Princesa belga, de ideas progresistas, chocó desde un primer momento con la Italia fascista de los años veinte del siglo pasado, y especialmente con el dictador Benito Mussolini (1883-1945) al que detestaba. Tampoco éste apreciaba a la Princesa, a la que criticaba abiertamente por su forma de vestir, su manera de hablar y, sobre todo, por sus ideas, basadas en la tolerancia y la libertad.

Los primeros años de matrimonio fueron pues extremadamente difíciles. Por un lado, la Princesa no parecía encontrar su sitio dentro de la Familia Real italiana y, por otro, la prensa fascista se encargó de vilipendiarla. Los ataques llegaron hasta el plano personal, acusándola de frívola y no especialmente agraciada. Incluso se afirmó que su intención era no tener descendencia para así perjudicar a la corona italiana. Esta insidia quedaría desmentida cuando el 24 de septiembre de 1934, la Princesa dio a luz a María Pía (1934), a la que seguirían Víctor Manuel (1937), María Gabriela (1940) y María Beatriz (1943).

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Sin embargo el nacimiento de la princesa María Pía llegaría en un momento de gran tristeza para la Princesa. Meses antes, su adorado padre, el rey Alberto I, moría en un accidente de alpinismo en Marche-les-Dames, pese a ser un escalador de gran experiencia – aún hoy en día se especula sobre si el accidente no fue tal, y en realidad se trató de un regicidio. Mientras Bélgica se despedía de su monarca más querido y de un hombre de estado de altura excepcional, la princesa María José perdía al que fuera el hombre más importante de su vida, al que había amado y admirado profundamente y con el que había compartido intereses intelectuales, políticos y culturales. El golpe para la Princesa fue durísimo.

La muerte de su padre no sería la última desgracia que alcanzara directamente a la princesa María José. Al año siguiente, concretamente el 29 de agosto, su hermano, el ya rey Leopoldo III tiene un gravísimo accidente de automóvil en Küssnacht (Suiza) en el que fallece su esposa, la reina Astrid (1905-1935), probablemente el miembro más querido de la Casa Real belga en aquellos tiempos. El fallecimiento en circunstancias tan trágicas tanto de su padre como de su cuñada sumiría a la Princesa en un profundo dolor. Solo su sólida fe le serviría de consuelo.

La Segunda Guerra Mundial estalla y la princesa María José muestra su cara más heroica. Cuando descubre que los alemanes planean invadir Bélgica, avisa en secreto a su hermano. Una vez que Italia entra en el conflicto, la Princesa trabaja incansablemente cuidando a los heridos. Propone interceder ante Hitler (1889-1945) para la liberación de los presos belgas. Mientras, mantiene contactos con grupos liberales y anti-fascistas. Finalmente, las autoridades italianas, sospechando de los movimientos de la Princesa, deciden mandarla con sus cuatro hijos al norte de Italia, lejos de Roma. La Princesa decide huir a Suiza. Allí ayudará denodadamente a los partisanos en su lucha contra el fascismo. Éstos la tienen en tanta estima que la proponen convertirse en su comandante, oferta que ella rehúsa.

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La guerra llega a su fin y la Princesa se reúne con su marido de nuevo en la capital italiana. El 9 de mayo de 1946 el Príncipe de Piamonte es coronado como Humberto II de Italia. María José se convierte así en Reina de Italia. Pese a la buena voluntad de ambos por reinar un país sumido en una posguerra dramática, son recibidos con gran hostilidad, especialmente por los comunistas. El 2 de junio de 1936 se celebraba un referéndum por el que Italia se convertía en una república. Los Reyes, tras apenas 33 días en el trono, tienen que abandonar el país transalpino. Su destino en el exilio sería Cascais, en Portugal.

El clima portugués no agradaba a la Reina, que además comenzó a tener problemas importantes de visión. Con el objeto de estar cerca de uno de los mejores oftalmólogos del mundo, la reina María José se traslada a vivir a Suiza. Su marido no la acompaña habida cuenta de que el monarca tenía no solo prohibido vivir en territorio italiano sino también en los países limítrofes. Pese a que los Reyes nunca se separaron de forma oficial, desde aquel momento no volverían a vivir juntos.

En tierras helvéticas, la Reina se dedicó a disfrutar de su gran pasión, la música – era una pianista de gran talento – y a escribir varias obras sobre la historia de la Casa de Saboya. Cuando su hija María Beatriz se traslada a vivir a México con su esposo, el diplomático argentino Luis Rafael Reyna-Corvalán y Dillon (1939-1999), la Reina decide acompañarla. Allí se apasiona por la cultura mejicana y se interesa por la vida de su antepasada la emperatriz Carlota.

La Reina desea regresar a Italia, pero ese deseo solo se le concede tras la muerte del rey Humberto II, en 1983. La Reina pasa sus últimos años en Ginebra, donde muere el 27 de enero de 2001 a causa de un cáncer de pulmón. A su funeral acuden representantes de todas las casas reales. En Italia su muerte es recibida con conmoción y se reivindica su figura. Sus restos mortales descansan, junto a los de su marido, en la Abadía de Hautecombe, en la Saboya francesa.

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