La princesa María Bonaparte (1882-1962), sobrina nieta de Napoleón (1769-1821) no ejerció durante su vida sólo de Princesa de Grecia y Dinamarca, sino que además tuvo una apasionante existencia en la que el lujo y la frivolidad se mezclaron con la pasión por la cultura y la ciencia. La Princesa no solo disfrutaba con la trivialidad de los salones decimonónicos en los que se dejaba ver y con la crianza de los exóticos y sofisticados perros chow chow, de los que era una auténtica apasionada, sino que también fue un apoyo fundamental de Sigmund Freud (1856-1939) en el desarrollo del psicoanálisis. En estas líneas repasamos su convulsa vida.

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María Bonaparte nace el de 2 julio de 1882 en las afueras de París, siendo la hija del príncipe Rolando Bonaparte (1858-1924) y de María-Félix Blanc (1859-1882). Su padre era pues el nieto de uno de los hermanos de Napoleón y su madre la heredera de la mayor fortuna monegasca –se estima que la progenitora de la princesa María habría recibido de su padre la en aquella época estratosférica cifra de catorce millones de francos-. La pequeña María apenas conocería a su madre, que murió un mes después de dar a luz a su hija de una embolia. Este hecho llevó a la Princesa a crecer prácticamente sola, habida cuenta de que su padre apenas se dejaba ver por el domicilio familiar, dejando toda la responsabilidad de la educación de su hija en la gobernanta de la casa. Para más inri, la Princesa sufrió de pequeña de tuberculosis, enfermedad que la hizo recluirse en si misma todavía más.

Si bien su padre no había mostrado nunca especial afecto por su hija, cuando ésta llegó a la edad de merecer, su progenitor comenzó a mover hilos para que el casamiento de la Princesa fuera óptimo para sus intereses económicos. El elegido del príncipe Rolando sería el príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca (1869-1957), segundo hijo del rey Jorge I de Grecia (1845-1913). La ceremonia de boda se celebró, de forma civil, el 21 de noviembre de 1907 en París y el 12 de diciembre del mismo año y con carácter religioso en Atenas. Pese a que se trató de un matrimonio arreglado, la princesa María se enamoró rápidamente de su marido, hombre trece años mayor que ella y de llamativo físico. Este arrebatamiento no fue sin embargo mutuo, ya que el Príncipe consideraba a su esposa demasiado joven e inexperta. La Princesa comenzó pronto a arrepentirse de su enlace con el príncipe Jorge. Tampoco ayudó para su estabilidad emocional el hecho de tener que abandonar el vibrante París por la en exceso tranquila isla de Chipre, donde su marido había sido nombrado gobernador.

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Pese a las continuas crisis matrimoniales, los Príncipes engendraron a dos hijos, el príncipe Pedro (1908-1980), y la princesa Eugenia (1910-1988). Sin embargo, en la sociedad griega comenzaron a surgir rumores sobre los presuntos escarceos de la princesa María con diversos hombres, como los que habría mantenido con Aristide Briand (1862-1932), primer ministro de Francia, y con Rudolph Loewenstein (1898-1976), uno de los discípulos más aventajados del psiquiatra Sigmund Freud. Si bien los ‘affaires’ de la Princesa eran vox populi, el matrimonio con el príncipe Jorge nunca llegó a romperse. Según la historiografía actual, el Príncipe habría mantenido una larga relación con su tío el príncipe Valdemar de Dinamarca (1858-1939), de la que tanto la princesa María como la esposa del Príncipe danés, la princesa María de Orleans (1865-1909), habrían sido plenamente conscientes. De hecho, la princesa María habría hecho construir una casa para que su marido y su tío pudieran pasar tiempo juntos discretamente.

Será el idilio con Loewenstein el que despertara el interés de María Bonaparte por el psicoanálisis. La princesa, aconsejada por aquel, acudió al médico austriaco para revelarle que se sentía insatisfecha, tanto con su marido como con sus amantes. Freud comenzaría con ella una intensa terapia en la que los dos explorarían las partes más oscuras de la psique. María descubriría a través de las sesiones de psicoanálisis que de pequeña había sido testigo de cómo el hermanastro de su padre abusaba de una doncella, a la que incluso había llegado a narcotizar para someterla. Este hecho habría traumatizado a la Princesa de forma inconsciente y sería el origen de su insatisfacción.

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La Princesa no solo fue paciente de Freud, sino que comenzó a estudiar el psicoanálisis en profundidad, convirtiéndose poco a poco en una suerte de alumna del galeno austriaco y en una de sus amigas más fieles. Así, sería María Bonaparte quien sufragaría el viaje de Freud a Inglaterra, cuando éste huyó del terror nazi. La Princesa, multimillonaria gracias al patrimonio de su madre, ayudó siempre al padre del psicoanálisis y siempre defendió su labor. De hecho la Princesa crearía una escuela de psicoanálisis en París, y fue una de las impulsoras de la Sociedad Francesa del Psicoanálisis. Al mismo tiempo la Princesa pasaría consulta con regularidad en su casa. Su labor intelectual quedó plasmada en no pocas obras, entre las que destaca sobremanera el estudio La sexualidad femenina, que, si bien se publicó por primera vez en 1953, ha conocido hasta la fecha innumerables ediciones. Igualmente notable fue la aportación de la Princesa al estudio de las mentes criminales. Durante largo tiempo María Bonaparte mantuvo largas entrevistas con Madame Lefebvre, una célebre asesina que había terminado con la vida de su nuera en 1925. El análisis de la Princesa fue publicado con gran repercusión académica en la Revista Francesa de Psicoanálisis.

La Princesa además de ser una intelectual de primer orden y una mujer adelantada a su tiempo, siempre mostró un gran sentido de la generosidad y la solidaridad. Durante la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, la Princesa sería la encargada de fletar no pocos barcos enfermería y de servir de forma denodada y rechazando siempre cualquier trato de favor en la División de Enfermería. Durante el nazismo, María Bonaparte gastaría grandes sumas de dinero para salvar la vida a 200 familias judías, a las que ayudó a escapar de tierras germanas. El respeto del que siempre disfrutó en Francia no es pues gratuito. Igualmente fue una mujer muy apreciada por los miembros de la Familia Real griega. Cuando ésta tuvo que exiliarse en Francia tras la abolición de la monarquía en tierras helenas, la princesa María acogería en su casa al príncipe Felipe (1921), futuro marido de la reina Isabel II de Inglaterra, y sería la que se haría cargo de los costes de su educación. No es de extrañar pues que el Duque de Edimburgo siempre tuviera un enorme afecto por su tía.

La princesa María Bonaparte fallecería en 1962 en Saint-Tropez a la edad de 80 años víctima de la leucemia. Sus restos descansan al lado de los de su marido, quien había muerto cinco años antes, en el cementerio real de Tatoi, a pocos kilómetros de Atenas.

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