Justin Bieber revoluciona Barcelona

Justin Bieber revoluciona Barcelona

Creer o no creer, esa es la cuestión. En Barcelona, el cantante canadiense Justin Bieber resolvió ambas posibilidades al mismo tiempo. Sensacional para su incondicional muchachada, que disfrutó de un espectáculo con más pirotecnia visual que fundamento vocal. Y más volátil, sin embargo, para los ateos de este semidios púber de los nuevos tiempos que corren. Todo reside al final en una cuestión de fe. Believe Tour parece así el nombre más que adecuado para la gira que lo pasea por todo el globo y que aterrizó anoche en la capital catalana, ante unos 20.000 asistentes. Si en Madrid su actuación se demoró durante cuarenta minutos, esta vez fue de casi cincuenta. Antes calentaron el ambiente una aclamada Carly Rae Jepsen y su exitoso fenómeno llamado Call me maybe, así como el australiano Cody Simpson, un auténtico clon físico de Bieber. Hasta que al fin descendió Justin de los cielos, literalmente colgado en unas alas de ángel metálicas. Su arranque fue una declaración de intenciones: coreografías imposibles, fuegos artificiales, séquito de bailarines y derroche lumínico y sonoro. Tras unos frenéticos All around the world y Take You, Bieber, de blanco total y guantes dorados, se quitó por fin las gafas. "Barcelona es de mis ciudades favoritas para venir a cantar. Hacedlo conmigo", susurró al ritmo de Catching Feelings. Tuvo momentos para rememorar su infancia y los inicios de su carrera proyectados en una pantalla donde también apareció convertido en una especia de James Bond soltando mamporros a diestro y siniestro, hasta que de repente apareció de la nada en mitad del escenario bajo las notas de She don't like the lights. Solo cuando con una guitarra en mano cantó Fall sobre una grúa, pudo verse al Justin original, sin colorantes ni aditivos. El resto, una hora y media en la que se desfondó en una veintena de temas, sobre todo en un Beauty and a Beat que fue el momento álgido de la velada, concluido con un solo de batería del propio Justin. El querubín canadiense tuvo tiempo de quitarse la camiseta y mostrar sus tatuajes e incipientes abdominales en Boyfriend -histerismo colectivo mediante- o de seducir a una fan sentada en un trono sobre el escenario, para después tocar el piano en Believe. Y con andares más propios de quien ha crecido toda su vida entre tiroteos en pleno Bronx y la pregunta de "quién quiere ser mi chica", cantó Baby y desapareció en un agujero en la pasarela.

Domingo 17-03-2013

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