Los errores a la hora de controlar la agresividad en los niños

Consentir a los 'peques' es uno de los fallos comunes entre las nuevas generaciones

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A la hora de controlar y canalizar la energía en los niños, es fundamental establecer una serie de normas y límites (tanto entre los más pequeños como en los adolescentes), para que sepan a qué atenerse en cada momento. Así lo asegura el doctor José Antonio López Rodríguez, director de la Asociación Española de Psiquiatría, y desde donde definen este tipo de patrones como la manera correcta de prevenir conductas agresivas, o poner freno a los brotes de rebeldía descontrolados.

Mantener una educación coherente es uno de los fundamentos de la estabilidad familiar dentro de casa, sobre todo a medida que los niños se van haciendo mayores y van tomando conciencia de sus actos y cómo estos afectan a su entorno. Durante la etapa de creciemiento, los pequeños no poseen las mismas armas mentales que los mayores para defenderse o aislarse psicológicamente de un entorno hostil: un entorno desestructurado se convertiría así en el caldo de cultivo perfecto para un trastorno de rango psicológico o psiquiátrico, que puede manifestarse en la infancia, la adolescencia o incluso en la edad adulta.

El estrés, el cansancio o el cargo de conciencia por no poder pasar tanto tiempo como querríamos con los niños -ya sea por el trabajo, o por los horarios de las actividades extraescolares-, suelen ser el detonante para tomar actitudes más paternalistas y sobreprotectoras, o lo que es lo mismo, para consentir a los más pequeños, y ceder ante sus deseos con más facilidad que en generaciones anteriores.

Este tipo de actitudes hacen en realidad un flaco favor a los niños, ya que transmiten un patrón de 'soberanía' que más tarde los pequeños pueden extrapolar al resto de la familia, al colegio o al grupo de amigos. Es especialmente en el entorno escolar donde la competencia con otros 'pequeños reyes' puede provocar a su vez una gran frustración, que acaba por derivar en un trastorno de la conducta o incluso de la alimentación.

En este sentido, la comida se habría convertido en otro de los principales recursos de los padres a la hora de combatir las rabietas o la agresividad moderada. Una herramienta inútil, eso sí, e incluso contraproducente en algunos casos: tratar la comida como un premio o una recompensa instrumentaliza los alimentos -necesarios para llevar una vida sana-, contribuyendo a favorecer estos mismos trastornos alimenticios al desvirtuar por completo su función nutricional.

Otro error común a la hora de controlar las malas actitudes en los 'peques': cada vez es más frecuente asignar rápidamente un diagnóstico psiquiátrico a un niño, especialmente si es muy activo o manifiesta mucha energía. Según los expertos, los índices de trastornos mentales infantiles no han incrementado en los últimos años: son las técnicas de diagnóstico e identificación las que nos hacen detectarlos más fácilmente. Algo que a su vez ha promovido los diagnosticos precipitados: no todos los niños con algo de hiperactividad tienen trastorno por déficit de atención (TDAH), ni todos los niños tristes están deprimidos.

La solución: asumir que nuestros hijos son también 'hijos de su tiempo', y que por tanto no podemos comparar su ritmo de crecimiento y necesidades con las de nosotros mismos en nuestra infancia. Asignar este tipo de esquemas no sólo produce un desfase entre lo que creemos que los niños necesitan y lo que realmente requieren: a menudo, este tipo de actitudes conllevan una gran frustración para los menores, que no siempre sabrían canalizar correctamente.

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