Sin lágrimas, sin tirones (I)

Un cabello suave y bien peinado.

Todo comienza en el vientre de la madre. Tres meses después de la fecundación, todo el cuerpo del feto se cubre de un pelo fino y suave llamado lanugo y que no suele verse más que en los bebés prematuros dado que desaparece aproximadamente un mes antes del parto. Para cuando el recién nacido llega al mundo, en la cabeza y las cejas tiene pelo terminal, y en el resto del cuerpo, un finísimo vello. Durante su primer año de vida, el cabello crecerá de forma uniforme, todo al mismo ritmo, pero después, y ya durante el resto de la vida, lo hará de manera irregular, en un patrón llamado de mosaico. Dado que vamos recambiando el pelo continuamente, sólo de esta forma se consigue que no nos quedemos calvos regularmente, sino que se caiga y crezca sin dejar de cubrir nunca la cabeza. Eso sí, con el paso del tiempo, el ser humano va perdiendo densidad de cabello. Si en un niño el número de folículos pilosos es de unos 1.100 por centímetro cuadrado, en una persona de 25 han bajado a la mitad y, a medida que apague velitas de la tarta de cumpleaños, seguirán disminuyendo.

Características propias
Durante la infancia, el pelo tiene costumbres únicas. Por ejemplo, los remolinos. Que, por cierto, no hay manera de dominar. ¡Es mejor aliarse con ellos que intentar combatirlos! O el hecho de que el cabello sea mucho más fino y delicado, lo que lo convierte en especialmente vulnerable a los nudos y enredos. No faltan los casos en que el pelo se distingue por ser especialmente tieso y estar siempre disparado. Y en todos los casos, el cabello es mucho más claro en los primeros años, si bien se irá oscureciendo progresivamente.

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