Niños y sol, ¿una alianza imposible?

Existen muchas e importantes razones para extremar la protección de los más pequeños

  • Los sistemas de reparación del ADN celular, que se ponen en marcha ante cualquier agresión, como la solar, no funcionan del todo, y por tanto, estos ataques resultan mucho más agresivos y dañinos.

  • La epidermis es mucho más fina, por lo que los rayos solares penetran mucho más profundamente y se producen más radicales libres.

  • La dermis, donde se encuentra el colágeno y la elastina, también es mucho más delgada, por lo que los daños a los tejidos conectivos es mucho mayor.

  • Al ser tan frágil, la piel tiene menos capacidad de retener agua en el interior del organismo. Por eso, el peligro de deshidratación es mucho mayor en los pequeños.

  • Los mecanismos de regulación del calor tampoco se han desarrollado, por lo que existe mayor riesgo de insolación.


  • Los bebés, punto y aparte
    Toda la fragilidad de la piel infantil se multiplica exponencialmente en los bebés. Por esa razón, los menores de un año no se deben exponer jamás a la luz solar directa. ¡Nunca! Con la sombra basta y sobra para que disfruten de sus beneficios. Además de la sombra natural, existen tiendas anti-UVA que ofrecen la protección necesaria. Los bebés deben además llevar ropa ligera, pero cubriente, y protegerse las zonas de piel que no queden cubiertas tan sólo con productos específicos para ellos. Estos tienen como mínimo un índice de protección 15; contienen tan sólo filtros físicos (que no penetran en la piel) y están formuladas para su delicadísima piel, sin agentes irritantes.

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