Rod Stewart y Penny Lancaster nos muestran por primera vez a su hijo, Alastair

ROD. —¡También dice que hay que tocar el tema de ‘The Dam Busters’ cuando se rompe aguas!
P. —Pero yo, de verdad, quería que me hicieran el molde y sabía que se agotaba el tiempo, así que nos metimos rápidamente en el coche y enfilamos la carretera. Cuando llegamos allí, la señora preguntó para cuándo estaba previsto que naciera el bebé, y Rod y yo nos miramos uno a otro, pensando que sería mejor no decirle que ya había roto aguas.

—¿No les preocupaba que el bebé pudiera llegar mientras estaban haciendo el molde?
P. —Realmente, no. ¡Pero era frío! Rod se tumbó en la cama con sus manos alrededor de mi tripita y luego ellos dieron golpecitos en ese yeso helado. Después tuvimos que esperar veinte minutos para que fraguara.

—¿No estuvieron nerviosos en absoluto sabiendo que todo había comenzado?
P. —No, me sentía realmente preparada. Cuando finalmente llegamos al hospital, por la tarde, nos dijeron que volviéramos por la mañana. Entonces fue sólo cuestión de esperar.

—¿Cómo pasaron ustedes las horas en el hospital el día siguiente?
P. —Bueno, yo me sentía un poco frustrada sentada allí sin hacer nada, así que le dije a Rod: ‘Vayamos a dar un paseo y relajémonos ‘. Mi método consistía por completo en el parto activo, que anima al bebé a salir con la ayuda de la fuerza de gravedad, así que estar de pie y pasear es lo mejor. Y a veces puse mis brazos alrededor de los hombros de Rod y mi cabeza sobre su pecho, haciendo los ejercicios de respiración que habíamos aprendido juntos en las clases prenatales.
R. —Las contracciones llegaban bastante fuertes y ella tenía que pararse cada seis metros para agarrarse a mí. La gente que paseaba por allí pensó que debía estar borracha perdida —así parecía—, ¡ya que hacía todos esos ruidos y parecía que estaba vomitando! Camino de vuelta al hospital, nos paramos delante de una hermosa capillita en los jardines del hospital y yo recé una pequeña plegaria: pedí que Penny no tuviera demasiados dolores y que el bebé estuviera sano.
P. —Yo recé no sólo por que el bebé estuviera sano, sino para que no necesitara una cesárea.

—¿Cuándo, finalmente, se metieron en la piscina de partos?
R. —Fue alrededor de medianoche cuando yo me puse el traje de baño, ¡nada demasiado atrevido, por supuesto! La piscina era asombrosamente grande. Tenías que subir unas escaleras para meterte en ella. Yo me encargué de los grifos y de regular la temperatura. Mi padre era maestro fontanero, ¿sabe usted?
P. —Apagaron todas las luces y encendieron velas por todas partes. Había incienso quemándose y sonaba una música suave. Todo era muy apacible. Fue un verdadero alivio meterme en la piscina, ya que las cosas se estaban haciendo muy dolorosas. El bebé estaba presionando la parte inferior de mi columna, así que tenía un tremendo dolor de espalda, como si tuviera hernia de disco.
R. —Yo le masajeé su espalda durante horas antes de meternos allí. Ella estaba en el suelo, a gatas, y todos reunidos alrededor. Yo me ocupaba de su espalda, su padre daba masajes a sus pies, su madre estaba charlando y su hermano, al teléfono, sugiriendo que ella utilizara gas anestésico y aire.

—¿Fue un parto largo y prolongado?
P. —Volvimos al hospital el sábado por la tarde y el bebé nació a las dos y veinticuatro de la madrugada del domingo. Una vez que estuve en el agua, fue muy relajante, tumbada entre las piernas de Rod, con mi cabeza sobre su hombro.
R.—Estaba muy cansada, incluso logró quedarse dormida entre las contracciones. Aunque fue un largo rato en el agua. ¡En dos horas se arrugó todo!

—¿Cuál fue el momento más memorable para ambos?
R. —Aparte del nacimiento, creo que sentir la cabeza del bebé justo antes de que naciera. Fue increíble. Cada cierto tiempo, los médicos comprobaban al bebé utilizando un espejo en el fondo de la piscina e iluminándolo con una linterna. Así pudieron ver dónde estaba la cabeza del bebé y qué progresos estaba haciendo. Cuando la cabeza asomó, me permitieron tocarla. Y fue un asunto serio desde entonces.
P. —Todo era algo como extraño, irreal..., como una experiencia extracorporal. No sentía que me estuviera sucediendo a mí.

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