Paulina Rubio, en su nueva mansión de Miami, proyectada por su ex novio, Ricardo Bofill

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‘Navegar, yoga, pintar…
Cuando Paulina no está cantando, le gusta navegar, hacer yoga, pintar, leer, hacer ejercicio. Para ella es una temporada muy divertida, porque coincide con sus amigos, que también viven en Miami o que están allí grabando. Se reúnen en alguna de sus casas para hablar de música. De sus cosas. Paulina lo cuenta mientras se retrata a la puerta, cuando el sol ya cabecea sobre el horizonte y su sombra se proyecta sobre los formidables muros de entrada, vestidos de granate. Dos colosos de piedra.

Paulina habla orgullosa del palmeral que saluda a la entrada a modo de veleta. Camina Paulina, menuda, vigorosa y bella. Todo es ángulo recto en esta mansión que acude a beber al mar, donde los arcos de medio punto no tienen sitio y las sillas de Gaudí se codean con otras diseñadas por el padre de Ricardo Bofill, el cual, queriendo o sin querer, es evidente que ha influido en la pureza de líneas a la hora de diseñar de su hijo.

Paulina resurge cada día si es necesario. Ni en los peores momentos —que los ha habido, seguro— le puede el abatimiento. Ella va al volante de su propia existencia. No pisa a fondo, pero acelera cuando hay que adelantar rápido si la vida se pone sinuosa o si de frente aparece de forma inesperada el inmenso camión del infortunio que puede llevarse todo por delante.

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