Julio Iglesias posa por primera vez junto a Miranda y sus hijos

—Te tengo que hacer una pregunta, Julio.
—Adelante.
—Sobre una mujer.
—Venga.
—¿Qué es Isabel Preysler hoy para ti?
—Hoy, la madre de mis hijos mayores, y nada más. Hablamos de sus casas. La de España, en Málaga; la de Punta Cana, donde estamos... En las dos ha repartido su vida y su bodega, pero ni un solo recuerdo colgado, ni un diploma, ni un trofeo... Hace variaciones sobre lo que es una casa y lo que es un hogar.
—Para mí, un premio, un diploma, un trofeo de verdad es que la gente, cuando me bajo de mi avión en Pekín o en San Sebastián, o en Nueva York, me digan: «¿Cómo estás, Julio?». ¡Ese es el mejor galardón!
—El sol, otro de los pilares de tu vida, que no en vano estamos donde el sol habita...
—El sol lo tomaba antes de frente, hasta los treinta; de los treinta a los cuarenta, de lado; de los cuarenta a los cincuenta, de pie, y de los cincuenta a los sesenta, en el agua.
—O sea, que ya no te tumbas al sol como en tus mejores tiempos.
—No. Ahora no me tumbo al sol, porque el sol me tumba; el sol me ha sido energético y es una fuente de energía, y por eso España es un país tan energético, y mis giras siempre son solares; por eso yo no quiero cantar nunca en los inviernos.
—¿Cuántas veces has ido al cirujano facial?
—Una vez para quitarme las arrugas y otra para que me arreglaran el desarreglo, y ya no pienso ir más. Una vez fui de forma profesional y la otra emocional, porque perdí la consistencia de la mirada, que es para mí tan importante.

De su padre, por el que le pregunto «como de un personaje que tiene su propia vida, aunque sea la raíz del árbol del bosque de los Iglesias», me afirma con cariño que es un sabio natural, generoso, además de la base espinal de su generación, alguien que tras su «segundo» nacimiento le dijo, cuando él iba apoyado en sus dos bastones: «¡Adelante!, sigue tu camino»... «Mi padre ha sido muy importante en mi vida, como mi madre también». De «Hey»: «Me quería, me ladraba y, sobre todo, me espantaba las novias y las echaba de casa, y siempre llevaba razón. "Hey" me ha dado mucha más fuerza que mucha de la gente que tenía alrededor».

Cien conciertos, el disco nuevo, el avión flamante que está llegando —siempre más grande que el anterior, siempre más rápido— y, sobre todo, su implacable sentido de la vida por la vida. Y aun ya en la despedida, me pregunta por el torero Julio Benítez, su ahijado, el hijo de su compadre y el mío, Manuel Benítez, «El Cordobés», el quinto califa.
—Dile que le sigo por todos los sitios, aunque yo esté lejos, y que me siento orgulloso de él.

Vienen los niños, que han pescado una jaiba, un cangrejo de mar, que nada en un caldero de agua clara y salada. Miranda dice que le suelten inmediatamente. Julio quiere que a estas horas ya de la noche demos un paseo más allá de los muros en coche. Ayer se acercó a jugar al dominó con los viejos de la taberna de la arena y el ron. Como en una bachata. También fue a saludar a los niños de una escuela cercana. Unos españoles que vienen buscando el sol eterno de la Española le piden una foto con él y una firma en la camiseta. Le advierto a Miranda, tan linda, tan fuerte, tan importante, que si tarda más de la cuenta, no es culpa mía, que sólo vamos a dar una vuelta por los alrededores.

Y Miranda, tan dulce y tan segura, sonríe y dice:
—Os espero a cenar. Julio siempre vuelve. Y el viejo cóndor, vestido de joven quetzal, vuelve a levantar el vuelo.

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