Exclusiva: Rocío Durcal y Junior posan por primera vez con sus nietos mellizos

Dice Rocío Dúrcal que la ley de su vida es la fuerza interior que cada uno tiene. Y a fe que es cierto. Es la artista una mujer de hablar rápido, con la lección de la experiencia muy bien aprendida y querencia familiar claramente a flor de piel. Se prepara una vez más para ir a México, tierra de artistas donde ella lleva la corona. Una gira pausada lejos de la vorágine de tiempos atrás. Lo tiene claro a sus cincuenta y nueve años. Nos lo cuenta Rocío mientras posa en familia, junto a su marido, Antonio Morales («Junior»); su hijo, Antonio, su nuera y sus mellizos, Aitor y Antonio, que ya tienen siete meses.

En el olvido han quedado ya los momentos difíciles de las primeras semanas posteriores al nacimiento prematuro de los niños, el pasado mes de septiembre, los cuales permanecieron sesenta días en la incubadora y tuvieron en vilo a los Morales y a los González. «Caramelito» se llama el disco con el que Rocío camina hoy, a la espera del siguiente: uno de «puras» rancheras.

—Digo, Marieta, que es una alegría poder tener a tus nietos en casa.
—Una maravilla. Y más cuando tus hijos viven frente a tu casa, como les ocurre a los míos.
—Me refería al tiempo que los niños tuvieron que estar en la incubadora.
—Sí, dos meses. Nacieron con muy poco peso. Un kilo y ochocientos gramos, respectivamente. Recuerda que yo estaba trabajando en Avilés y mi marido se encontraba conmigo. Entonces me llamó mi hijo para decirme que Aitor había roto su bolsa y que había que provocar su nacimiento, a pesar del poco peso que presentaban, ya que mi nieta, Edurne, estaba expuesta a sufrir una infección, porque, como sabrás, al ser mellizos, cada uno tiene su bolsa.
—Unos momentos difíciles, sobre todo para los padres de los niños.
—Sí que lo fueron. Desde el principio, y cuando ya había pasado el peligro de los primeros días, mi hijo y mi nuera tenían que ir a la clínica por la mañana y por la tarde para que el médico les pusiera a los bebés en sus brazos. También, Edurne daba de comer de su propio pecho a sus hijos mediante una sondita que les ponían en la boca. Así hasta que poco a poco fueron ganando peso y pudieron irse a casa. El primero que vino fue Antoñito, mientras que su hermano llegó al día siguiente.

Más sobre: