Julio Iglesias posa por primera vez con sus hijos pequeños

Venía de Pekín e iba a Barcelona
Como ahora, que con el último disco se está volviendo a convertir en el profeta de la música en la geografía de su idioma, de nuestra lengua. Viene de Pekín, de lejísimos, y se va a Barcelona esta tarde, donde Luis del Olmo le entrega un premio Protagonistas, en el gran día del botillo, en un almuerzo para más de 1.500 personas. Luego el especial de televisión de diciembre, mañana a Punta Cana de nuevo, y ahora viajamos despacio por las suaves colinas del edén de la casa de Ojén, en el carrito de golf, mientras cantan gallinas de corral —hoy he comido dos huevos fritos de la cosecha de pluma de la casa de Julio —.Les diría a ustedes que es para ponérselo en las tarjetas de visita, y a Juan, el leal cuidador de la casa, le da instrucciones para mañana:

—Que me preparen las dos cajas de siempre, con huevos —esta mañana me he desayunado tres, fritos en aceite de esta tierra — y tomates, y lechugas de mi huerta, y que las acerquen al avión, lo primero, antes que nada, antes de que yo me vaya, que me las quiero llevar a mi casa de La Española.

Ha vuelto a cantar en las Américas
Dominicana, ya saben. Ha vuelto a cantar en las Américas, las nuestras, y el otro día vio amanecer sobre la casa rosa que se mando hacer frente al mar Caribe Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias. De nuevo la lengua amada, aquella con la que empezábamos. Cuando le digo que me descubra qué es lo que lleva a sus hijos, si les compra algo cuando vuelve —porque siempre hay que tener «una casa, no donde vivir, sino donde volver», palabra de Hemingway —, él me recuerda lo que dijo Phil Collins, el otro día, a Luis del Olmo en su programa, en Barcelona:

—Mi regreso. Les llevo «a mí », les llevo «a yo», que es lo más que puedo llevar.

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