Julio Iglesias posa por primera vez con sus hijos pequeños

De vez en cuando, el gran nómada detiene su vuelo. Aparca por poco tiempo —siempre por poco tiempo el «Quetzal » —el ave de la libertad, que no puede vivir en cautividad, como él, en el corazón de las altas selvas de Centroamérica —, su avión, que conoce todos los cielos del mundo, y se acerca a su casa, la de Punta Cana, la de Miami hasta hace poco —hoy la tiene en venta —,o hasta «Las Cuatro Lunas »,en Ojén, donde hablamos para ¡HOLA!,al atardecer, que es cuando, según San Juan de la Cruz, los humanos han de ser examinados de amor.

—Lo hago, sobre todo, más que nada, para darle un beso a Miranda, la criatura, por encima de cualquier otra cosa, más generosa de la Tierra, y para sentirme, físicamente, cerca de mis hijos pequeños.

Que los grandes ya vuelan solos, no hay más que asomarse a los medios. Ya engendran su propia noticia cotidiana. Pero con los pequeños, los nacidos de Miranda y Julio, la leyenda, quiere estar siempre, siempre, más atento, más cerca. Dentro.

Es por eso que hasta ahora no se tenían estas fotos que hoy iluminan este retrato del vagabundo de las estrellas. Más que nada, porque ha querido guardarlos para él, porque no es su deseo «que se piense que con ellos ha querido hacer mercancía de promoción de su música». Son sus hijos, y los adora, y los cuida, y los mima, y los preserva. Por eso, estas fotos al sol son únicas, hasta ahora jamás publicadas. Pero las ha traído consigo para nuestra casa, y de eso hablamos en tanto, sobre los olivos, los alcornoques, esos árboles siempre a medio vestir, siempre a medio desnudar —tras el plato de lentejas, RI-quí-si-mo —.

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