Uno de los grandes mitos de la música cubana, Antonio Machín, ha resurgido gracias a las iniciativas que se han desarrollado con motivo del 25 aniversario de su muerte (3 de agosto de 1977). Un libro de su yerno, Eduardo Jover, titulado Machín, toda una vida; una película con el mismo nombre de la realizadora Nuria Villazán, en la que aparecen, entre otros, Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat o Sara Montiel; y un disco compacto con la banda sonora del filme, en el que han colaborado artistas de la talla de La Vieja Trova Santiaguera, Cristina del Valle, Nancho Novo con su grupo, Castigados sin Postre, o Amparanoia, son algunos de los ejemplos que descubren a Antonio Machín como un precursor inolvidable de la calidez de los boleros. Es más que probable que todos estos homenajes culminen con algún acto especial el 17 de enero de 1903, fecha en la que se cumple el centenario del nacimiento del artista.

Una vida a ritmo de maraca
Según se descubre en las memorias escritas por su yerno, quien aprovechó las notas dejadas por la hija del artista, Alicia Machín, toda la infancia de Machín se resumen en una obsesión: quería ser cantante. Por eso desde los quince años, o tal vez antes, se fugaba con frecuencia de su pueblo, Sagua la Grande (Cuba), para buscar lugares más propicios a la fama.

Llegó a España, tras estancias en Nueva York, Londres o París, con la certeza de triunfar. Y lo hizo desde su querida calle Gran Vía, donde embelesó a miles de personas con sus Dos gardenias, Toda una vida o el éxito de 1947 Angelitos negros.

Así, con tesón y grandes dosis de seducción, este cubano, hijo de padre gallego y madre cubana, se convirtió en mucho más que rey, en Majestad para todos sus seguidores que, aún hoy, siguen enamorándose, acariciados por la suave voz de Antonio Machín.

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