La ambición rubia, la mujer que se subió a un escenario a principios de la década de los ochenta y se mantiene en ellos desde hace más de diecisiete años. En la actualidad tiene 42, podría ser la madre de Britney Spears, pero Madonna no deja hueco al descanso, ni permite que las nuevas generaciones le condenen al ostracismo de viejas estrellas arrinconadas por aristas más jóvenes: cada trabajo es un reto, las paredes de su casa acumulan cientos de discos de platino, su look de Madonna -en realidad todos los looks que ha lucido a lo largo de los años- es el más imitado del planeta y cada pantalón, cada camiseta, cada complemento que ella se pone, crea moda.

Nada es fruto del azar, Madonna es, hasta el extremo, una perfeccionista, una insomne que no descansa ni un segundo. De sí misma ha dicho: "Estoy todo el tiempo corriendo, como un pato que huye para no ser decapitado". Y su deseo inflexible de llegar y mantenerse en la cima recuerda más a Terminator que a la simple chica de Buscando a Susan desesperadamente. Según ella..."cuando se desea algo verdaderamente, el mundo entero conspira para ayudarte a conseguirlo". Y ahí está, arrasando con su "The Drowned World Tour", primera gira mundial de la cantante en ocho años.

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