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La novia eligió para su boda una corona de diamantes de línea helénica, regalo de su madre la reina Federica

Finalizada la ceremonia, una lluvia de pétalos de rosa y arroz cae sobre los contrayentes. Y veintiún cañonazos anuncian que Sofía ya es princesa de España

UNA BODA DIFÍCIL, PERO MUY FELIZ

11 MAYO 2007
Dos ceremonias y una boda. Ese fue el problema al que tuvieron que enfrentarse desde el principio don Juan Carlos y doña Sofía. El hecho de que la Princesa contrajera matrimonio como ortodoxa era una novedad en la historia de España. La conversión de Victoria Eugenia, anglicana, en 1906 había sido referencia obligada en las primeras conversaciones. Además, no había antecedentes de reinas no católicas desde los Reyes godos, cuenta Fernando Rayón en su libro, La boda de don Juan Carlos y Sofía.

“¡Yo, una hereje!”
“Para entender todo ese lío –palabras de la Reina a Pilar Urbano- hay que tener en cuenta lo que de mí se escribía en los periódicos españoles y lo que llegó a decir algún miembro del consejo de don Juan sobre que yo era una hereje. ¡Yo, una hereje!, sí para muchos católicos lo era, pero nadie dijo cuál era mi herejía”.

El rito de las coronas
Al confirmar la fecha del 14 de mayo han tenido que precisar también que la princesa se casará como catecúmena de la Religión Católica, que estaba recibiendo instrucción adecuada, que había sido confiada al arzobispo católico de Atenas y que ello permitiría su ingreso en un plazo breve. “Yo no era una catecúmena del catolicismo. Yo estaba bautizada desde 1938, con el mismo y único bautizo católico. Sólo estaba aprendiendo una nueva liturgia. También Juan Carlos tuvo que aprender el rito de las coronas y de las danzas de Isaías”, recordaba doña Sofía hace unos años.

La obediencia al Papa
“No fue una catequesis, sino más bien una explicación de la fe católica, -confesó doña Sofía a Pilar Urbano- de la diferencia entre los ritos, las celebraciones, los santos y algo que me llamaba particularmente la atención lo del primado del Papa, que fuera el sucesor de Pedro, a través de los siglos”.
“En definitiva, todo el problema de mi conversión era pasar por la obediencia del Papa en Roma. Eso creó un conflicto religioso, político y monárquico. Fue el gran escollo. Lo más tenso. Consumió horas y horas de negociaciones entre católicos y ortodoxos en Atenas, en Estoril, en Roma, y yo la más interesada, ¡estaba totalmente conforme!”.


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