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ALEJANDRA: LA PRINCESA QUE CAMBIÓ DIAMANTES POR FLORES

La ex esposa del príncipe Joaquín de Dinamarca renunció a un 'reino' y volvió a casarse por amor

La princesa Alejandra se coronó con flores para ser sencillamente la mujer de un joven cámara, la señora de Jörgensen

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La princesa Alejandra luce la espectacular tiara de las lágrimas mientras abre el baile nupcial junto al príncipe Joaquín

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Alexandra Manley, la princesa que “reinventó” el romanticismo mientras bailaba su primer vals nupcial entre los brazos del príncipe Joaquín de Dinamarca, ha dicho adiós a los salones de palacio pronunciando ante la Virgen Egende un sencillo pero rotundo “Ja” (“sí”, en danés).
Agarrándose muy fuerte a la mano de sus dos pequeños, el príncipe Nicolás y el príncipe Félix, la ex mujer de Joaquín de Dinamarca entró decidida y feliz en la iglesia donde la esperaba su novio Martin, después de haber decidido cambiar, en un frío pero soleado día, todo un “reino” por amor.
Alejandra no quiso hacer pasar a su anciano padre –tiene 83 años y no se encuentra muy bien de salud- por la situación de tener que acompañarla de nuevo hasta el altar, y eligió como “padrinos” a sus dos hijos.
La condesa, que no se conformó con ser la protagonista de un cuento de hadas con final infeliz, empezó a escribir oficialmente otro el pasado sábado por la tarde como señora de Jörgensen y lo hizo agitando su brazo en un adiós definitivo al papel que ha desempeñado, siempre entre alabanzas, como princesa consorte.
No sonaron las campanas, no hubo fuegos artificiales, y su nombre dejó de figurar esa misma tarde de la web oficial de la Casa Real, pero a Alejandra no pareció importarle demasiado porque, aunque el anuncio de su boda cogió a todos por sorpresa, ella ya había decidido hace algún tiempo cambiar de mundo.

Coronada con flores
Vestida con un veraniego traje de seda color champaña bordado con infinidad de estrellas –su primer vestido nupcial las llevaba en el cuello, para el segundo, pidió que se las pusieran en todo el cuerpo-, la que fuera nuera de la Reina de Dinamarca se puso el aderezo de perlas barrocas que había llevado en otras ocasiones junto al príncipe Joaquín, y se coronó con flores para ser sencillamente la mujer de un joven cámara de televisión.
La condesa Alejandra eligió las campanillas de invierno de un blanco inmaculado -marcan el fin del invierno y el inicio de la primavera- y salpicó su pelo de flores guardando quién sabe hasta cuando la tiara de diamantes con la que siempre se ha coronado para las grandes celebraciones. Aquella diadema –conocida como la tiara de las lágrimas o de la duquesa Anastasia nacida en Rusia (1860-1922)- que le regaló la Soberana danesa para que luciera el día de su boda, un siglo después de que la duquesa Alejandrina (Adini) la trajera a Copenhague para casarse, en 1898, con el llamado a ser Rey de los daneses: Christian X.
Manteniendo en todo momento a sus hijos con ella, incluso mientras besaba a su ya joven marido, Alejandra, señora de Jörgensen, miró atrás por última vez con los ojos entornados para desaparecer para siempre como Princesa de Dinamarca.

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