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ALTEZA REAL POR UN AMOR INESPERADO

22 ENERO 2007
Se conocieron cuando eran niños, se trataron a lo largo de los años, formaron familias independientes y, aunque no es cierto que la princesa Grace Kelly soñara con la boda de éstos cuando ambos eran jóvenes, la princesa Carolina y el Príncipe de Hannover acabaron casándose (enero de 1999) después de que éste pidiera, respetando la tradición de su familia, permiso a la Reina de Inglaterra.

Desde entonces, como si el tiempo no pasara y ellos fueran dos adolescentes que acaban de descubrir que no hay forma mejor de existir que la de ser uno más en el círculo de una gran familia, los Príncipes de Hannover rara vez se han separado y rara vez han dejado de mostrarse ante el mundo como la viva imagen de la felicidad: disfrutando de una eterna luna de miel rodeado de hijos. Es la suya, sin duda, una historia de amor inesperada que nunca quisieron desmenuzar ni compartir.
En cualquier caso, y aunque no dispongamos de datos oficiales a la hora de contarla, se sabe que todo empezó cuando la primogénita de Raniero salía de una de las peores épocas de su vida. Entre otros mal sabores, Carolina arrastraba tras de sí el fracaso de su matrimonio con Philippe Junot, la muerte de su madre, la pérdida de Stefano Casiraghi y la posterior ruptura de su relación con el actor Vincent Lindon. una sucesión de hechos que llevaron a la Princesa a pasar por la experiencia de un retiro casi monacal.

Carolina estaba enferma –sufría una alopecia nerviosa- y vivía aislada del mundo al que pertenecía hasta que un día, un viejo amigo de la infancia, Ernesto de Hannover, llegó a su casita de la Provenza para rescatarla de su duelo.
Primero, se les vio juntos en Extremo Oriente y Nueva York, aunque de esos viajes no quedara constancia fotográfica. Después, cuando aún no había finalizado el año 1996, fueron descubiertos en Portofino, tras haber realizado juntos su primer crucero.
Los rumores se fueron confirmando con los hechos, o, mejor, con las imágenes que dejaban constancia de los hechos, como perfecta acta de una historia de amor con la que nadie contaba.
Si la Carolina adolescente no había tenido ojos para mirar como posible esposo al heredero de la dinastía Hannover, ahora se dejaba querer y fotografiarcon Ernesto en una actitud que no dejaba lugar a equívocos sobre la cubierta del Pachá III.
Y los rumores empezaron a crecer. Tanto que la propia esposa de Ernesto, Chantal Hochuli, la heredera del multimillonario arquitecto suizo, John Hochuli, y de Rosemarie Lembeck, tuvo que salir al paso de los comentarios durante una de sus estancias en Marbella: «Es absolutamente incierto que nos vayamos a separar. No hagan caso de rumores que carecen de fundamento. Desde hace años, mi esposo y yo somos buenos amigos de la Princesa. Carolina está pasando por los problemas de la caída del cabello –refiriéndose a su alopecia nerviosa- y mi marido está a su lado para darle su apoyo y su amistad".
Pero lo cierto es que Chantal estaba sola en la Costa del Sol y, también, que septiembre de 1997, se hizo público el divorcio. Finalmente, el príncipe de Hannover tenía el camino libre para casarse con Carolina.
La decisión fue tomada tres meses después de que el mundo constatara con aquellas imágenes del verano – a bordo del Pachá III, en aguas de Ibiza, - que estaban indudablemente enamorados.
Carolina y Ernesto ya no tenían que seguir jugando al escondite y como pareja embarcaron de nuevo en el barco de la Princesa. Pero en esta ocasión, y en aguas de Cerdeña, no lo hacían solos, sino con sus respectivos hijos: Andrea, Carlota y Pierre, por parte de la princesa, y Ernst-August y Christian, por parte del Príncipe. Todo parecía indicar que no iban a tardar mucho en anunciar su próxima boda. Y, sin embargo, ni la anunciaron ni sería algo... inminente. Pero, eso sí, los Príncipes de Hannover no sólo no se volvieron a separar, sino que comenzaron a aparecer juntos en actos públicos dando oficialidad a su relación. El primero de ellos tuvo lugar el 9 de octubre de 1997, en Versalles, con motivo de la boda del príncipe Pierre d’Arenberg y Silvia de Castellane. El segundo, en enero de 1998, cuando asistieron a la Opera, en Hannover. Al mes siguiente, en el Baile de la Cruz Roja en Montecarlo, y, tres meses más tarde, en Berlín con el canciller alemán....Y así sucesivamente, en un intento por parte de ambos de normalizar cada día más una situación y una relación que se haría legal de la forma más discreta posible en enero de 1999, tras haber contraído matrimonio en una ceremonia civil celebrada en secreto, en el palacio de Mónaco.
Para entonces, la princesa Carolina ya había descubierto que, con su matrimonio, no sólo emparentaba con algunas de las dinastías más antiguas de la realeza europea sino que, además, pasaba a ser Soberana del antiguo reino de Hannover (el primer Monarca con título de Rey fue Jorge III de Inglaterra, en 1814, después de que el Congreso de Viena elevara a esa categoría lo que, hasta entonces, era un ducado); duquesa de Brunswick, Luneburgo y Cumberland, títulos que, con tratamiento de alteza real, -los mismos que tenía la Reina Federica, madre de la reina doña Sofía, antes de casarse con Pablo de Grecia- ostenta desde su matrimonio... Y para entonces, también, Carolina anunciaba a su manera que estaba esperando un hijo: la princesa Alejandra. Han pasado siete años desde entonces, y lo demás ya es historia.


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