La Reina viuda afronta con profesionalidad y... ganas su porción de actos oficiales de la agenda de la Familia Real belga
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Todos los participantes querían saludar y ver de cerca a la querida soberana, que contagiada por la 'fiesta' aplaudió casi hasta reventarse las manos y bromeó con algunos de los niños disfrazados

FABIOLA DE LOS BELGAS, EN PIE DE 'AGENDA'

Presidió el tradicional desfile 'Ommegang Oppidi Bruxellensis', que se celebró ayer en la Gran Plaza de Bruselas

4 JULIO 2008
A la reina Fabiola no le pesan los años. Y así sigue a sus 80 recién cumplidos (el pasado 11 de junio): muy activa y dispuesta siempre para afrontar con profesionalidad su porción de actos oficiales de la agenda de la Familia Real belga. Tras la muerte de su esposo, en 1993, habiendo podido regresar a España o vivir a caballo entre los dos países, decidió permanecer en el de adopción trabajando en pie de agenda al servicio de la Corona, a pesar de que su decisión implicara tener que abandonar Laeken, el palacio donde ella y su esposo vivieron durante más de tres décadas. Una difícil decisión que, sin embargo, sus conciudadanos le recompensan con infinitas muestras de cariño en cada una de sus apariciones públicas, que no son pocas. La última con ocasión del tradicional desfile Ommegang Oppidi Bruxellensis, celebrado ayer en la Gran Plaza de Bruselas.

El Ommegang, palabra que significa procesión en flamenco, reúne a más de 1.400 participantes cada primera semana de julio y se trata de una tradición que se remonta al siglo XVI. El desfile ha estado protagonizado desde tiempos remotos por representantes de los diversos estamentos de la sociedad belga como la iglesia o los gremios, que durante la parada muestran sus mejores galas. Todos, de tiros largos según la moda belga de siglos pasados, quisieron saludar y ver de cerca a la querida soberana, que contagiada por la fiesta aplaudió casi hasta reventar las manos y bromeó con algunos de los niños disfrazados. Como broche de oro a la jornada, la Reina pudo disfrutar de un concierto del tenor Sébastien Romignon-Ercolini. Sí, el trabajo dignifica.


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