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Pasadas las cinco de la tarde de ayer, Don Jaime de Marichalar abandonaba, en un coche y sin hacer declaraciones, su casa del barrio de Salamanca en Madrid
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Su salida del domicilio casi coincidía con el momento en que la infanta Elena recogía a sus hijos, Felipe Juan Froilán, de nueve años, y Victoria Federica, de siete, del colegio al que los niños asisten

PRIMERA IMAGEN DEL DUQUE DE LUGO TRAS EL ANUNCIO DE SU SEPARACIÓN DE DOÑA ELENA

Don Jaime de Marichalar abandonaba su casa del barrio de Salamanca mientras la infanta recogía a sus hijos en el colegio

15 NOVIEMBRE 2007
Fue ayer, pasadas las cinco de la tarde, cuando el Duque de Lugo hacía su primera aparición pública desde que el día anterior se anunciara su separación de la infanta Elena. Don Jaime de Marichalar abandonaba, sin hacer declaraciones, su casa del barrio de Salamanca en Madrid, donde ya no viven ni doña Elena ni sus dos hijos.

El Duque salía con gesto serio en un coche conducido por un guardaespaldas, él sentado en el asiento del copiloto, y con otro acompañante en el asiento trasero del vehículo. Don Jaime iba con gafas oscuras, una chaqueta azul marino y un pañuelo anudado al cuello en tonos rojo oscuro y negro. Portaba, además, un maletín en la mano izquierda.

Su salida del domicilio casi coincidía con el momento en que la infanta Elena recogía a sus hijos, Felipe Juan Froilán, de nueve años, y Victoria Federica, de siete, del colegio al que los niños asisten, también en el barrio de Salamanca. Dos imágenes que no podían ser más diferentes en esta nueva etapa de su vida: la del Duque de Lugo, solo y saliendo en el coche, mientras que su esposa se dejaba fotografiar con total normalidad y sus hijos de la mano.

La infanta acudió al trabajo
Tal como se supo ayer más tarde, la infanta asistió, como cualquier otro día, a su trabajo en la guardería Micos, centro que dirige la primogénita del Rey y en donde están sus amigas, las mismas que tenía en el colegio. Doña Elena llegaba a la guardería caminando, con la melena suelta, vestida con el uniforme rojo del profesorado, una mochila a la espalda y, en la mano, un paquete y una carpeta. Llevaba puestas, como cuando había dejado a sus hijos en el colegio, unas gafas de sol y las mismas zapatillas que entonces. La Duquesa de Lugo cambió el gesto serio por una sonrisa una vez traspasado el umbral de la puerta del centro, seguramente al ver a alguien conocido.


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