El misterioso caso de la 'Mujer Salvaje'

Ro Cham desapareció en la selva camboyana siendo una niña. Dieciocho años más tarde, unos leñadores la descubrieron robando comida: parecía un animal, caminaba a cuatro patas y gruñía.

En la remota región de Rattanakiri, al noroeste de Camboya, no se recuerda un caso como el de Ro Cham P'ngieng, que se perdió en la selva a los ocho años de edad cuando pastoreaba con sus búfalos. Su aventura supera todas las leyendas que se cuentan sobre raptos y desapariciones misteriosas. "Los espíritus gobiernan nuestras vidas. Ellos la han liberado y la han devuelto a sus padres", repiten una y otra vez los nativos a las decenas de periodistas y miembros de ONG's llegados de todo el mundo, confiados en que les caiga alguna limosna. En Oyadao, el poblado donde residen los "presuntos padres" de Ro Cham, se subsiste con menos de un dólar al día. "Me apuesto 10,000 $ a que es nuestra hija, nos someteremos a las pruebas de ADN si es preciso. Nosotros no mentimos", insiste Sao Loo, que no oculta que alimentar una boca más -la familia ya tiene 15 hijos- no es tarea fácil para un humilde campesino.


Era noche cerrada
Los leñadores que la encontraron la noche del pasado 13 de enero en el bosque pensaron que era un animal el que acechaba la olla de la cena. Aún así, sus movimientos les parecieron extraños e inquietantes: correteaba como una bestia y parecía temerosa. Cuando corrieron a espantarla, descubrieron que se trataba de una joven salvaje, "desnuda y hambrienta". Su cuerpo desnutrido estaba recorrido por pequeñas marcas que indicaban que había permanecido largo tiempo en la selva; pero tenía una que hacía sospechar que había permanecido atada durante un tiempo: una cicatriz en una muñeca con señales de ligaduras. No hablaba ni entendía lo que se le decía, sólo emitía gruñidos y señalaba con avidez la comida.
La noticia corrió como la pólvora y, cuando la llevaron al poblado, sus padres la reconocieron por la cicatriz que se había hecho de niña en la espalda jugando con un cuchillo y por su gran parecido con su madre, Ro Cham Yit. "Cuando la vi, caminaba como un mono. Se sacudía y recogía los granos de arroz del suelo. Sus ojos eran rojos, como los de un tigre", recuerda su padre. Algunos policías locales sostenían que lo mejor era enjaularla y cobrar por verla: "Es medio humana y medio animal" repetían. Pero Sao Loo la defendió y se la llevó a su casa.

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