Robos de melenas y otros sucesos insólitos

Mientras en Río de Janeiro asaltan a las jovencitas y les roban el cabello en plena calle y en Bogotá proliferan los ladrones de relojes de pulsera, en las playas del sur de Inglaterra algunos se están especializando en los restos de naufragios, motos de alta cilindrada incluidas

"Todo lo que existe es susceptible de ser robado". La afirmación no es gratuita, es el resultado de la experiencia de los agentes de policía que recorren las calles de algunas metrópolis sumidas en el caos, que ya no saben como proteger las señales de tráfico, las estatuas de los personajes ilustres, los extintores de incendios o las placas y carteles publicitarios de un tipo de ladrón que ya no coincide con la figura del ratero de toda la vida: sus objetos de deseo "siempre se salen de lo normal, ahí reside su ventaja".


El tijeretazo sorpresa
Pero no sólo los bienes llamados muebles son objetivo de este tipo de delincuencia al por menor. Últimamente, los titulares de los periódicos de las grandes capitales de Sudamérica y del Extremo Oriente se hacen eco de un número creciente de casos de ciudadanos víctimas de robos más o menos insólitos, cometidos por legiones de cacos reclutados en las favelas y barrios marginales. En este oficio como en ninguno, el ingenio y el efecto sorpresa valen su peso en oro.
Que se lo digan a la dependienta Mirna Marchetti, que el pasado 16 de enero perdió su larguísima "cabellera" en el centro de Río de Janeiro cuando viajaba en autobús con una amiga: "Estaban en la parada del autobús, nos siguieron y se sentaron justo detrás. Sentí un fuerte tirón en el pelo; protesté, pero ellos me dijeron que no me moviera, que se trataba de un atraco", declaraba esa misma tarde a una emisora local llena de rabia. Además de la cabellera, a Mirna le arrebataron, a la vista de todos, el bolso y otros objetos personales.
La policía dice que es el segundo atraco de este tipo desde diciembre pasado: esa vez la joven que perdió su melena salía de una cafetería, y teme un rebrote de un robo muy común en los años 90, cuando los salones de belleza pagaban fuertes sumas por pelo natural para fabricar pelucas, bisoñés y postizos. Hasta 30 $ cuentan que se paga hoy en Río por una buena melena.


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