El brutal asesinato del pasado lunes de cinco niñas en un colegio rural de la comunidad amish a manos de un perturbado mental pone en jaque a la policía norteamericana, que después de tres asaltos a colegios con víctimas mortales en apenas una semana se siente impotente para defender a las escuelas.

Tras la inofensiva apariencia de un repartidor de leche puede esconderse el más brutal de los asesinos. Esta es una cruda lección que los alumnos de la escuela amish de la pequeña localidad de Nickel Mines, a 55 kilómetros al oeste de Filadelfia (Pensilvania), no podrán olvidar jamás por más que padres y psicólogos intenten amortiguar el impacto emocional de "vivir" durante un par de horas en el infierno.

Su objetivo eran las niñas
El único aula del colegio amish estaba en calma cuando Charles Carl Roberts surgió en el interior armado hasta los dientes. Un rifle, una escopeta, una pistola de nueve milímetros, dos cuchillos y unas 600 balas fueron más que suficientes para intimidar al grupo de alumnos indefensos, cuya edad no superaba los 14 años. Para sorpresa de todos, el repartidor de leche hizo salir entre amenazas a los niños varones y a dos profesoras, y atrancó las puertas; acto seguido, alineó a las once niñas de la clase contra la pizarra: les ató los pies con cables y cinta de embalar… y abrió fuego a quemarropa. Luego se suicidó según lo previsto. La policía llegó tarde y cuando entró en el aula a través de las ventanas sólo pudo constatar que la masacre se había consumado: "La confusión era tremenda -recuerda Jack Lewis, el jefe de la policía estatal-; mientras los miembros de la comunidad amish se arremolinaban en el exterior, evacuamos como pudimos a los heridos en helicóptero".

Más sobre

Regístrate para comentar