Puerto San Blas, costa mexicana del Océano Pacífico, 28 de octubre de 2005, 9 horas de la mañana. La 'panga' -pequeña barca de 9 metros de eslora- del tiburonero Juan David parte del muelle con cuatro marineros a bordo: Jesús Vidaña, Salvador Ordóñez 'Chavita', Lucio Rendón y 'Farsita'. El mar está en calma y la travesía de dos días hasta las Islas Marías discurre sin novedad hasta que la tripulación se ve sorprendida por una tormenta que arrastra la embarcación mar adentro.

Transcurren dos días y dos noches en los que hay que luchar a brazo partido contra el viento y achicar agua con lo que sea. Proteger los víveres es asunto de vida o muerte. El motor resiste el envite de las olas, que van y vienen en todas las direcciones, hasta que la última gota de gasoil se desvanece en un rugido sordo: "¡Estamos perdidos!" grita el capitán. No hay respuesta: un silencio sepulcral corta en aire.

Si tenemos fe, nos salvaremos
La batalla contra el océano no ha hecho más que empezar. Tras varias jornadas más a la deriva, las existencias de agua y comida se agotan. El pesimismo no va con 'Chavita', pescador desde 'chamaco' (niño), que diez años atrás había sobrevivido a un naufragio. "¡Si tenemos fe nos salvaremos! -exclama el oaxaqueño-, le he pedido a Dios que me dé la inteligencia para no morir", sentencia a sus compañeros mientras se aferra a su vieja "Biblia", la misma que en un viaje anterior, diez años atrás, había quedado mutilada por un golpe de mar que le robó premonitoriamente el libro del "Apocalipsis". Su optimismo es contagioso.

Más excitados por la batalla contra la tempestad que por el miedo a la muerte, mientras unos empiezan a recoger el agua de lluvia ayudándose con unos cuencos, otros confeccionan una vela con las telas de las bancas en un intento desesperado de controlar el rumbo.

Guiado por el compás y las estrellas, el capitán intenta virar hacia el suroeste, pero las corrientes que arrastran la embarcación hacia alta mar son demasiado fuertes. Los bidones vacíos del combustible, que sujetan con maromas a ambos lados a modo de balsa, dan por fin estabilidad a la 'panga'. No divisan tierra por más que fijan la vista en un punto del horizonte y cuando por fin se calma la tormenta están extenuados. Es hora de protegerse del frío con una mantas, dormir y aguardar…

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