Ortega Cano: 'Mienten los que dicen que estábamos distantes'

Despacio, el torero se viste de corto, que es algo que no se olvida nunca, aunque haga tiempo que no lo haya hecho. No es lo mismo que el de luces, pero necesita de un protocolo, tiene su disciplina, ocupa su tiempo. Julio en «Yerbabuena». José Ortega Cano hace un paréntesis en su dolor, que no en su memoria, para volver a «Yerbabuena». Sabe que, aunque le cueste el retorno, tiene cosas que hacer en el campo. Es necesaria la vuelta, aunque el cortijo esté lleno, hasta la boca, de Rocío Jurado. Pero la raíz le tira, él viene del campo, su oficio de ganadero y de torero le necesitan, ha vendido todas las novilladas, no le quedan toros ya, de los que llevan la Y del hierro de la casa, esa Y que tanto gustaba a Rocío marcar bajo las encinas.

Se viste y se acuerda. No hay mano que espante tanta memoria reunida. Todo le recuerda a la Jurado. Hace calor y color. Y hace amor y dolor, al mismo tiempo. Los niños están en «El Palomar», en la finca de Samuel Flores en la Mancha, en un campamento también de hijos de amigos, como en casa. En el salón grande de la casa de «Yerbabuena» está Rocío plena, entera, en las fotos, en los cuadros, el de Botero de la cuadrilla sobre la chimenea, los de Oliva de Ayamonte, el de la niña del dolor que parece de Cortijo, pero no es de Cortijo; los del pintor «de burgaos» de Chipiona, que ya es un clásico, pero sobre todo parece que camina entre nosotros Rocío, envuelta en su túnica de leyenda, más viva que nunca.

Han venido a tentar Canales Rivera, que le llama maestro, y lleva razón, a José, que ahora es más grande que cuando toreaba, y Agustín de Espartinas, que es el que hace de doble en las difíciles escenas cuando torea Manolete en la película del Oscar de «El pianista». Hay amigos, pocos, leales, como Acevedo, que es más que una enciclopedia del toro, un hombre que le habló de tú a Belmonte, y está en lo más cercano el hermano del torero, con su pierna herida, pero su lealtad entera, y está la herida luminosa siempre de la Jurado, con quien uno estuvo aquí la última vez que por aquí contó la historia.
—Te puedo decir, te quiero decir —me dice el torero camino de la plaza— que la quiero más que nunca, que la necesito más que nunca, que está conmigo más que nunca.

Las fotos son malas, mías, de una cámara de aficionado, pero son oportunas, únicas y verdaderas. Yo sólo retrato palabras y sentimiento, y así nos hemos ido al campo, con las chicharras de espectadoras, siempre en la barrera del sol, a echarles de comer a los toros.

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