Anne Igartiburu e Igor Yebra se han separado

feliz y radiante ante las cámaras cuando por dentro estaba viviendo un muy difícil momento personal. Las pasadas semanas, a Anne Igartiburu, muy celosa siempre de su intimidad, cuando le preguntaban por su marido procuraba responder con monosílabos, refugiándose en el hecho perfectamente constatable de que Igor suela estar siempre actuando en el extranjero.

Anne e Igor son padres de Noa, una niña adoptada de origen indio, que ahora se queda con la presentadora, que fue quien inicialmente había llevado a cabo los trámites de adopción legal, aunque después el bailarín le dio sus apellidos, asociándose a la citada adopción iniciada por su esposa. Lógicamente, será ahora el juez quien fije el régimen de visitas del padre. Un régimen de visitas que, teniendo en cuenta la profesión de Igor y los numerosos compromisos internacionales que tiene, no podrá ceñirse rigurosamente a determinados días o fines de semana, algo que, al parecer, Anne está dispuesta a aceptar, tanto por el bien de la pequeña como por la buena relación que mantiene y quiere seguir manteniendo con Igor.

Boda al borde del mar
Cabe decir, a modo de conclusión, que tanto Anne como Igor son, desde el pasado mes de enero, libres, y pueden, en consecuencia, organizar su vida por separado y, llegado el caso, intentar rehacerla. Eso implica que a partir de ahora no tiene por qué extrañar que se les pueda ver frecuentando determinados grupos de amigos o personas junto a las que hasta ahora no se les había visto. En el caso de Anne, qué duda cabe que eso será más noticiable, dada su enorme popularidad. Según hemos podido saber de personas allegadas a Anne, ésta aún no se encuentra, por el momento, con ánimos para intentar rehacer su vida, a la vez que no cree que haya llegado ya el momento de hacerlo. Las cosas son como son y pasan cuando menos se espera que ocurran. Pero no es menos cierto que las cosas —especialmente los reveses en cuestiones de sentimientos — dejan su herida, sus secuelas, y no es tan fácil rehacerse de un golpe como el que supone toda ruptura.

En el caso que nos ocupa, estamos seguros que a Anne le ha costado y le va a seguir costando mucho olvidar aquella tarde del primer viernes de septiembre de 2004, cuando, llena de ilusión, y tras pensárselo mucho y muy detenidamente, subió, vestida de radiante novia, los 203 escalones que la llevaron al altar de la ermita de San Juan de Gaztelugatxe (Bermeo), donde la esperaba Igor Yebra, el joven y excepcional bailarín del que se había enamorado tres años y medio antes.

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