Ortega Cano sólo se ha separado tres horas del cuerpo de su mujer

Emoción contenida incluso cuando es más difícil mantener la aparente serenidad. José Ortega Cano está destrozado por el dolor y, sin embargo, hace lo imposible para que no se le asomen las lágrimas a los ojos. Serio, con la mirada perdida, atendiendo a las miles de personas que han acudido a darle el pésame, Ortega, en los dos días de velatorio, sólo se ha separado durante tres horas de su mujer.

Estuvo, como el resto de la familia, en el velatorio del Centro Cultural de la Villa de Madrid, donde cerca de veinte mil personas quisieron despedir a Rocío Jurado y de allí a Chipiona donde toda la noche ha permanecido abierta la capilla ardiente en el santuario Nuestra Señora de Regla. Fue a las puertas del templo, y ante los aplausos de las miles de personas congregadas, cuando Ortega Cano se derrumbó al abrazarse a Amador Mohedano. Fue un instante porque rápidamente recobró la compostura y se sentó frente al féretro en el que reposaba el cuerpo de su mujer.

La capilla ardiente de Chipiona quedó instalada a la una y cuarto de la madrugada y él estuvo allí hasta las tres y media. Esta mañana, a las siete menos cuarto, volvía al santuario ni siquiera (como el resto de la familia) tuvo fuerzas para ir a la casa familiar y prefirió alojarse en un hotel. Apenas tres horas para reponerse un poco y volver a enfrentarse al toro más duro de su vida.

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