Diez mil minutos son los que dedicó Ortega Cano, en cuerpo y alma, a cuidar a su esposa. A acariciarle, cuando la consciencia lo permitiera, el alma. Diez mil minutos son los últimos siete días de Rocío Jurado. Y es que desde el miércoles 24 de mayo, Ortega Cano no había salido de "Villa Jurado". Sólo los familiares y amigos que habían traspasado el muro de la residencia de la Chipionera en los últimos tiempos, pudieron ver a José Ortega Cano. Roto, entregado, agotado... pero nunca vencido. Porque la esperanza no la perdieron ni un instante. La gran batalla de Rocío Jurado ha sido compartida. Su fiel compañero (desde que se enamoraron en 1992 y se casaron en Yerbabuena hace once años) no ha abandonado ni un instante los dolores y las ganas de lucha de su esposa.

Un hombre ante el dolor
Cuando, a las seis de la mañana, Amador Mohedano (hermano y representante de La Chipionera) anunció la muerte (cuarenta y cinco minutos antes) de Rocío Jurado, muchos fueron los que quisieron dar el pésame a José Ortega Cano. Porque si Rocío representó el coraje; él representó la entrega. El torero se enfrentó, horas después de la muerte de su mujer, "al toro" bueno: a los cientos de amigos que su esposa había cosechado a lo largo de los años. Salió de su casa de La Moraleja a las diez y cuarto de la mañana, camino a la capilla ardiente, en el centro cultural de la Villa de Madrid. De luto -camisa negra incluida-cabizbajo, y lleno de agradecimiento hacia quienes querían dar el último adiós a la más grande. Él la había amado. Y se lo demostró hasta en el último segundo de vida. En la capilla ardiente, José Ortega Cano aparecía sereno. Seguramente, con la tranquilidad de la obligación (del amor) cumplido.

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