Francisco Rivera y Eugenia Martínez de Irujo: el desenlace

Su amor se vivía como una película: todos deseaban que acabara bien. Y es que su relación fue —muy a su pesar — un espectáculo en el que sólo faltaban las palomitas. Se sabía de sus encuentros y sus desencuentros, de sus idas y venidas, de sus rupturas y reconciliaciones, se crearon bandos de partidarios y detractores (casi se podía hablar de eugenistas y riveristas)... Todos opinaban en una historia que comenzó a cobrar tintes de comedia de enredo —o peor aún, de culebrón —, en la que se cruzaban amores y desamores, confidencias y traiciones, una historia interminable de ofensivas en ataque y repliegues sentimentales. Con todas y con esas, en ese laberinto había quien mantenía viva la esperanza de que la pareja superara sus diferencias y se volviera a unir. Ahí estaba, como candidata número uno, la duquesa de Alba, incondicional del torero. Voces muy cercanas cuestionaron siempre si se había puesto el punto (¿final?) a su relación. Y es que no es un secreto que siempre ha existido una atracción muy fuerte entre los dos y que siempre se han movido en la delgada línea roja de los sentimientos más encontrados. La pareja hizo durante muchos años funambulismo sobre esa línea y, aunque en sus piruetas perdían el equilibrio y caían, siempre quedaba la red. Sin embargo, esta historia de amor vive ahora su desenlace. Es decir, el fin de su enlace. Y sin red.

Para entender la complejidad de la situación nos tenemos que remontar al 23 de octubre de 1998. Aquel soleado día, Sevilla era testigo de la boda del año. Los duques de Lugo presidieron el enlace, al que acudieron 1.400 personas y que Televisión Española retransmitió en directo. En un lugar destacado estaba su prima y confidente, amiga del alma y testigo del enlace, Blanca Martínez de Irujo, ocupando el papel de la hermana que Eugenia no tenía. Por aquel entonces, Blanca ya estaba casada con Emanuele Bonomi. Eran los tiempos felices en sus respectivas relaciones. Pero mucho ha llovido desde entonces. Ninguno se podía imaginar las vueltas (más bien piruetas) que daría la vida con el paso del tiempo. Primero comenzaron los problemas entre el torero y la duquesa. Un comunicado de Eugenia, cuando se cumplían cuatro años de su matrimonio y una hija en común, ponía en conocimiento público una separación que ya era un secreto a voces en los mentideros.

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